domingo

Bodas y mentiras

La idea de juntarnos a todos los invitados solteros y solteras antes de la noche del casamiento había sido de la entusiasta pareja. Se aseguraba que en las bodas los invitados que asisten solos y en edad de merecer suelen estar a merced de su falta de timidez para departir y divertirse -lo cual se espera de ellos, hasta con impaciencia, como si aburrirse fuera una falta de decoro en tan gloriosa fecha-, por lo que nos habían convocado para reunirnos en una confitería de moda, en pleno centro nocturno de la pequeña capital provinciana.
Intenté negarme, a la tarde, sin herir la susceptibilidad de quienes ya habían suscripto contentos a esa idea estúpida, haciendo una llamada a mi interlocutora de confianza, la hermana del novio.
- Qué hielo quieren romper. Al casamiento voy porque si no dicen que soy un amargado -lo dije con una sonrisa irónica, tratando que se oyera por el teléfono, a fin de no parecer tal-. Pero ya sabés que pienso de los casamientos.
- Sí, lo sé. Y también sé que vas a ser el primero en esconderte detrás de una columna, con una botella de vino, prendiendo cigarrillos a cada rato y con cara de circunstancia.
- Es mi cara, qué querés. Las fiestas me aburren. Y así soy yo.
- Pero por eso vamos a presentarte todas las chicas antes, esta noche... -dijo "chicas" con énfasis, pretendiendo hacerme reaccionar. Me dí cuenta que no me hablaba a mí (tal vez a un yo lejano, desaparecido hace bastante). Tal vez otros reticentes habían sido quebrados con este argumento-. Dale, no seas amargado.
- ¿Ves? No soy un amargado, estoy muy bien así. No necesito que me presenten a nadie. Menos para un casamiento, a la vista del todo el mundo. -Y poniéndome serio- No, no voy a ir. Y me parece que tampoco iré a la fiesta, si voy a tener que divertirme por obligación.
- Dale, Marito. Dale. Alguien preguntó por vos y le dije que ibas -lo dijo con cierta picardía, esperando que le pregunte quién-.
No hacía casi falta. Me imaginaba quién, no podía ser otra. De las amigas de la novia, era la única que había estado en mi lista (cada vez más rala) de pendientes. Pero me había enterado que se casaba en breve, y estaba tachada con un grueso trazo rojo. Esa mujer y yo teníamos un largo historial de nada: siempre de novio con otro. Para mí había sido una especie de Parnaso lejano y al que no tenía demasiado acceso: refinada, rodeada de un aura artística de excelencia (tocaba el cello desde la infancia, y había cosechado aplausos y elogios a cada paso), su vida era ordenada y andaba con equilibrio entre la burguesía y la bohemia (no como yo, que me debatía entre ambas cosas tropezando con todo).
Mi interlocutora, vieja amiga, sabía que no araba en vano en ese terreno.
- No te creo. Ahora decís que fue Laura quien preguntó, y te corto por mentirosa.
- Bueno, dale. Cortame y no te enterás de nada.
- Soy todo oídos.
- No, andá esta noche al pub, y no va a hacer falta que te cuente mucho.

Más tarde buscaba a mis futuros contertulios a través de las ventanas del local, mientras fumaba nervioso preguntándome porque aún no podía ponerme alguna excusa valedera para estar ahí -salvo una curiosidad que no atrevía a reconocer-. Cuando me convocan en calidad de alguna cosa me suelo sentir incómodo, sobre todo si implica una reducción banal de mi calidad de snob, pretendiendo meterme de prepo en algún colectivo demasiado heterogéneo y patético, del que me envanezco pensando que no es el mío. No, no soy un "soltero buscanovia en casamientos" ("Pero qué hago acá?").
Patricia, mi amiga, me hacía señas cada vez más desesperadas desde un rincón del lugar, poco concurrido quizá debido a que no era fin de semana, pero el grupo al que debía unirme parecía numeroso. Unas cuantas mesas conectadas, muchas gente desconocida y caras alegres a las que se les envidrió el gesto en cuanto me vieron, confirmaron el error de haber ido.
Patricia dejó a Laura para el final de las presentaciones, y me hizo un seña cómplice para que me sentara en una silla vacía a su lado.
Miré rápido alrededor y preferí sentarme enfrente, donde podía distraerla con mis manos si había charla, o repantigarme detrás de algún vecino si mi amiga había sido demasiado optimista. Igual, no había habido un entusiasmo notable, lo que me parecía absolutamente lógico tratándose de mí.
Si bien Laura era una belleza regular, de rasgos pequeños, era atractiva. Físico mediano, sin grandes salientes. Vestía módicamente, pero no había detalle librado al azar. La cinta del pelo, el cinturón, la cartera y los zapatos eran del mismo color marrón oscuro de sus ojos. Su fuerte era una generosa posadera, ahora apretada en un jean adhesivo que quitaba el aliento.
Me sonrió, y me preguntó si era cierto que tocaba la guitarra. No le contesté la pregunta.
- Perdón, nos conocemos ya. Tal vez no te acuerdes. Igual, hace unos años nos presentaron y te dije lo mismo "ya nos conocemos".
Su sonrisa, se heló por un segundo. No se esperaba tanta franqueza. Yo no esperaba tanta falta de sinceridad.
- Vos sos el amigo de Patricia, el que se emborrachó en el Club de los Abogados y se tiró a la pileta en pleno agosto. Me acuerdo, si.
Había tenido que acordarse de eso. Ya no tenía oportunidad de parecer sofisticado y mundano.
- Si, pero ya nos conocíamos de antes. Un día te saqué a bailar y me diste vuelta la cara. Bastante cortante -le sonreí, porque para mí ser sincero o cortante son cosas simpáticas, que me gustan de la gente-.
Ella digirió mi sonrisa con un instante de reflexión, que se tragó con un gesto visible. Pero ahí mismo hicimos contacto: se dio cuenta que no iba a ser condescendiente con ella a pesar de ser linda. Y sonrió, a su vez.
"¿Habrá entendido?", pensé. Qué duda.
- Te he visto en algunos conciertos, me gusta mucho el cello -le aflojé, para olvidar rápido el momento de sonrisas heladas.
- Hubiese sido bueno si me oyeras.
Touché. Tardé un segundo en detectar la ironía. Correcto: sabía que me gustaba, y acababa de decírmelo. Pero eso me hacía las cosas más fáciles.
A partir de ese momento, el flirteo fue más fácil. Era inteligente, rápida para la ironía, aunque mis constantes salidas de rumbo la desconcertaron al principio, pero pronto me agarró el ritmo. El resto de los "solteros en merecimiento" dejaron de existir. Cada tanto alguno reclamaba nuestra atención, pero se empezaron a volver una molestia, a la que ella cada vez respondía con más fastidio. Leí en sus ojos el pedido de auxilio: "¡Sacame de aquí!".
- Hay mucho humo. Me duelen los ojos -mentí- ¿Me acompañás afuera a tomar aire?
- Dale.
Salimos. Caminamos instintivamente hacia cualquier parte. En silencio. Una voz decía en mi interior: "¡Por fin!". Sin embargo, crecía un sentimiento de desilusión. Me sentía Groucho Marx, protestando en la puerta del club que lo admitía como miembro. “¿Qué hace esta mujer conmigo? Qué fácil fue”. Me sentí algo incómodo, pensando en alguna confusión de su parte. Otras cosas pensé mientras nos alejábamos del ruido. La primera fue "tiene novio". La segunda, "qué me importa".
“La historia de tu vida, Mario, qué querés saber”, me dije. Soy el tipo que tiene en la frente la leyenda "en caso de emergencia, rompa el vidrio". Reniego de ese título. ¿No había convivido siete años con alguien, solo por romper con el maleficio?
Caminábamos en silencio. Los dos sabíamos.
En cuanto dejamos atrás el bullicio de la calle "de moda", debajo de la sombra de un paraíso gigante que amenguaba las luces amarillas de vapor de sodio, nos besamos. Yo le tomé la mano primero (¿o fue ella?). Quiero pensar que fui quien le tomó la mano.
Quedamos frente a frente. El beso no había sido tan efectivo. Probé de nuevo, con mayor ímpetu.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Sus labios eran fríos, como revestidos con una piel artificial. Sin embargo, al tercer beso gimió y comenzó a respirar entrecortado.
Mis labios estaban insensibles, comprobé asustado. Ella me siente, yo no la siento a ella. Sin embargo, mi instinto masculino y mi experiencia me decían que teníamos que salir de esa exposición callejera. Quizá era eso: temía exponerla y estaba algo nervioso. Aunque no estaba nervioso para nada.
- Vamos -fue mi escueta propuesta-.
Ella bajó la vista y asintió. Paré un taxi que al azar pasaba casi a propósito, y le dije con voz segura que nos llevara a un hotel, dándole al chofer una dirección inequívoca. En cuanto la oyó, miró a Laura con lascivia.
Llegamos al lugar, pedí habitación regular. Hacía calor, el aire acondicionado tardaría en enfriar el caldeado ambiente.
Estábamos ahí, a merced de nuestra nula intimidad. Ni ella ni yo sabíamos cómo reaccionar a eso. Ella me abrazó. Suspiró. Se le dio por las confesiones.
- No creas que no sabías quién eras. Yo sabía todo, pero siempre fuiste un hueso duro de roer para mí. No existe posibilidad de que te incorpore a mi mundo. Se espera de mí casamiento, hijos y perro en un patio con rosales. Vos sos un tipo con demasiada historia... -dejó la frase sin terminar para dar a entender que sabía bastante de mis tropiezos-
Acariciaba mi pelo mientras decía esto. Me empecé a poner, inexplicablemente, incómodo.
- ¿Querés ponerte cómoda? -"estúpido, lo que quiere es que la beses", me dije inmediatamente después de decirlo-.
- No, está bien -se sentó en la cama, lejos mío, rompiendo el clima-.
Me acerqué. Empezaba a actuar como siguiendo un libreto:
(MARIO SE ACERCA A LAURA. LA MIRA CON PASIÓN FINGIDA Y SIN ESPONTANEIDAD.)
Mario: Laura ¿estás bien?.
Laura: Si.
Mario: Perfecto.
(SE SIENTA A LA DERECHA DE LAURA. MIRA LAS MANOS DE ELLA, QUE ESTÁN EN SU REGAZO. TOMA UNA SIN MUCHA DELICADEZA Y SE LA PONE EN EL HOMBRO DERECHO, BUSCANDO ACERCAR LA BRECHA QUE LOS SEPARA. MARIO NO LA MIRA A LOS OJOS NUNCA, SOLO VE LOS DETALLES: EL PELO, LA CINTA QUE LO ATA, LOS AROS, LA REMERA DE HILO QUE OCULTA UN PAR DE PECHOS DE TAMAÑO DISCRETO PERO QUE APARENTAN ESTAR ENHIESTOS).
Mario: Seguro estás bien.
Laura: Sí. Seguro.
(MARIO LA BESA REPETIDAMENTE, LA RECUESTA EN LA CAMA Y COMIENZA UN APRONTE DIRECTO AL SEXO DE LAURA CON SU MANO DERECHA. ELLA RESPONDE CON GEMIDOS CADA VEZ MAS INTENSOS).
Laura: hmmmmmmm... hmmmmm...
Mario: ...
Laura: hmmmmmmmmmmmmm... HMMMMMMMMMMMMM!!!!!!....
Mario: ...
(MARIO LA DESVISTE, SIN DEMASIADA CEREMONIA. ELLA ACOMPAÑA LOS MOVIMIENTOS CON LOS OJOS CERRADOS. DESPUÉS LA PONE EN LA POSICIÓN "DEL MISIONERO" Y PROCEDE A LA CÓPULA, NO SIN ANTES DEDICAR UNOS MOMENTOS A LA EXCITACIÓN LOCAL DIRECTA Y MASIVA DE LOS GENITALES DE LAURA Y SUS CARACTERÍSTICAS SEXUALES SECUNDARIAS.)
(EL ACTO TOMA UNOS MINUTOS. ELLA GIME CADA VEZ MÁS Y TIENE UN ORGASMO CONTENIDO PERO INTENSO. MARIO CORROBORA EL ORGASMO DE LAURA Y SE DEDICA AL SUYO, AUMENTANDO EL RITMO DE LA CÓPULA. TIENE SU ORGASMO CASI EN SILENCIO).
"Siempre lo mismo, mierda", me dije con decepción. "¡Puta madre!".
Ella quedó inmóvil, regodeándose en el orgasmo. No nos dijimos nada. Jadeábamos.
Me retiré de ella, sacándome el profiláctico, en un gesto automático, en cuanto le dí la espalda. Me recosté a su lado, después, siguiendo el libreto.
Recién entonces la miré bien. Era hermosa desnuda: la cintura pequeña y sus nalgas firmes eran el punto fuerte. La acaricié, ella me sonrió, con los ojos todavía cerrados.
- Qué bueno estuvo. Sos muy tierno.
“¿Qué hace conmigo? Se está por casar ¿Porqué está sola?”, preguntas que rondaban todavía en mi cabeza.
Se giró, y como adivinando mis pensamientos, siguió con la ronda de confesiones interrumpidas por el rato de sexo.
- Vine de Córdoba sola para la despedida de soltera. Patricia me insistió que la acompañara hoy, pero le dije que no, si tengo novio. Él se quedó allá, tiene que rendir la última materia, y se viene hoy a la tarde para el casamiento del viernes. Me dijo que ibas a venir vos y que estabas solo. Entonces le dije que sí. Siempre me intrigaste. Conozco varias historias tuyas entre mis amigas.
- Sí –dije con una sonrisa-, espero que no me hayan difamado mucho.
- No todas hablan bien de vos. Sos difícil –y rápidamente agregó- y eso siempre me atrajo, pero cómo me acercaba, siempre estuve de novia. Y nunca me abordaste, salvo aquella vez de la que siempre te quejás. Te estuve por decir que sí, pero estaba con mis amigas. –Cambió el tono- si insistías, te decía que sí.
- La historia de mi vida.
- ¿No insistir?
- Que estés de novia.
La besé, haciendo el intento por ponerla en clima otra vez. Se dejó caer de espaldas, obediente, y se entregó a mis caricias.
Esta vez tuvo un orgasmo ruidoso, totalmente caótico. Yo no conseguía el mío, y desistí temiendo advertirla. Ni se dio cuenta, demasiado concentrada en el suyo. Benditos profilácticos. Tenía la cabeza partida en miles de preguntas.
En cuanto normalizó un poco la respiración se echó encima mío, besándome con pasión, con ardor. “Qué tarde”, pensé. “Si hubiese reaccionado así hace un rato”.
Estaba frenética. Hablaba con esas ternezas amorosas que no dicen nada. Terminó poniéndome algo incómodo. Cada “mi amor” me hacía pensar en el tipo que se quedó en Córdoba. Prefería que dijera “que buen sexo tuvimos”. O que no dijera nada.
En un momento en que la tormenta amainó un poco, pedí ir al baño. Entré y me miré al espejo. Me preguntaba qué hacer. Si aflojaba ahora, si daba crédito a esas palabras llenas de pasión y amor repentino, me iba a meter otra vez donde no debía, Otra vez sirviendo de mojón para que una futura ama de casa desesperada decidiera que el mejor partido estaba con otro. No habría ningún perro ni ningún jardín en nuestro futuro. Sin embargo, salí del baño dudando.
Cuando volví me miraba con arrobamiento. Me senté de espaldas a ella. Prendí un cigarrillo. La estaba aislando y se dio cuenta.
- No sé que hacer, Mario –me dijo, mientras se abrazaba a mi cintura-. Él no es mala persona, es un buen tipo, me quiere mucho. Pero no significa nada para mí, es como un buen amigo. No tengo orgasmos con él.
- Pero te vas a casar ¿no es cierto?
- No sé –puso su cabeza en mi muslo, y me miró por primera vez a los ojos, con el alma-. No sé qué quiero.
- No sé si soy yo la respuesta –apagué el cigarrillo a medio fumar-. Pero creo que no te tendrías que casar con alguien que no querés.
- Pero qué hago –sus ojos me miraban fijo, frunciendo el ceño-. Si no me caso, se va todo al traste. Ya no tengo veinte años.
- ¿Entonces todo se reduce a eso? ¿A un buen partido?
La voz se le puso grave.
- A eso por un lado. A que no lo quiero, por el otro. Y a que acabás de darme mi primer orgasmo como Dios manda en más de siete años. El segundo fue de verdad. Quiero a alguien como vos, en mi vida, y no sé cómo.
- ¿Como yo? ¿Qué querés decir con...?
- Intuyo como sos. Y sé que somos muy distintos. Pero tenés vida, estás lleno de cosas, te preguntás todo. Te vi fruncir el ceño tantas veces esta noche. Me prestaste atención. Nunca intentaste quedar bien conmigo.
- Laura, lo que esperás de mí, lo tiene tu novio. Yo ni sé que voy a hacer mañana. Estás confundida.
Se irguió y en cuclillas me abrazó. Temblaba. Le dí un beso en el hombro y me paré al lado de la cama.
Iba terminando el turno en el hotel, comprobé mirando el reloj del celular. Empecé a vestirme. La miré por última vez, desnuda, cuando se levantó con el mismo objetivo. Me puse de espaldas otra vez, intentando no verla. Cerré los ojos. Era hermosa, cada vez más. Yo sabía que quería decir eso. Cerré mi corazón de golpe, con un seco portazo al sentimiento que nacía en sus propias narices.
Fui al baño, rápido, para darle intimidad. Cuando salí me daba la espalda. Lloraba quedamente.
Me quedé parado un segundo, asombrado. Me acerqué. Se dio vuelta y me abrazó. Empezó a llorar con ganas. Estaba llena de angustia, de miedo. Su corazón se debatía, pero no por mí. Otra vez, lo mismo, una mujer llora en mis brazos por otra persona. La consolé, pero internamente me endurecí más. Ya estaba adquiriendo un reflejo condicionado.
“Laura”, le dije, “dejá pasar un tiempo. Ahora no podés decidir nada, es evidente. Confundida no podés tomar decisiones. Vamos que te dejo en la casa de tus viejos.”
Asintió, se lavó la cara en el baño, no sin antes llorar un poco más frente al mismo espejo en el que yo me miraba confundido. Vaya uno a saber qué le dijo el espejo a ella.
Caminamos unas cuadras, en el silencio de la madrugada, tomados de la mano. Cada tanto, en la sombras, se detenía y me besaba. Sentía sus lágrimas a punto de salir otra vez.
En una avenida tomamos otro taxi, con el que la dejé en la casa paterna, en la que ya sólo venía de visitas. Y en la que, en pocas horas más, estaría con su novio, tomando el té y mintiéndole amor.
No fuí al casamiento. Me gané nuevas enemistades por eso. Patricia no me habló por un tiempo, enojada.
Laura pospuso el suyo, pero sigue de novia.
Yo me alejé de ella para siempre. Hice bien.

jueves

Ozono

Una noción repentina de imposibilidad se estanca dentro mío y me paraliza en la vereda, ignorando la tormenta en ciernes.
Cae una copiosa lluvia inmaterial.
Un trueno intenta asustarme y ponerme en movimiento, porque los rayos que purpuran la tarde no consiguen distraer mi atención.
Es ella, está allí. Y no me mira. O peor, me mira eventualmente sin verme. No hace ningún gesto. Ni de complicidad, vergüenza o remordimiento.
De repente soy nada. Ni siquiera un pavote bajo la lluvia, mirando cómo me ignora.
Su auto gris está estacionado a mi lado, contra el cordón. Baja apenas la cabeza, como tratando de no pisar el agua que se acumula en la cuneta, al pasar entre éste y mi alfeñiquez repentina. Abre la puerta del lado del acompañante, mira hacia la otra vereda un instante y se mete adentro. Sigo sus movimientos y después retomo la dirección de esa última mirada.
Veo salir
de la puerta de un supermercado a un hombre gigante, de unos tres metros de altura, cargado con bolsas y paquetes. Miro de nuevo la ventanilla del auto. Veo su imagen sesgada por el cristal y el ángulo agudo. Creo que me busca por el espejo retrovisor de la derecha, haciendo una finta repentina.
El monstruo llega con los víveres, abre la puerta izquierda detrás del conductor y arroja con displicencia los bultos. Dirige una mirada carente de interés hacía mí, una décima de segundo. "Un pavote bajo la lluvia", habrá pensado. Se derrumba sobre sí hasta achicar su tamaño ciclópeo al de un hombre de un metro noventa y tantos, compatible apenas con el habitáculo del auto, y sube también. Lo pone en marcha, mientras el "stop" hace un guiño y un humo blanco brota del escape.
Se dicen algo. Ella encoge los hombros.
Salen con velocidad hacia la esquina. Al llegar, vuelven a brillar las luces del freno. Desaparecen para siempre.
La tarde se puso negra de tormenta y de verdades aprendidas por primera vez.
Sigo seco, parado bajo una lluvia torrencial.


Aún hoy, después de veinte años, recuerdo el olor a ozono que me envolvía esa tarde.