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domingo

Fácil

Cuando decidí contar la historia de Mabel y Alberto me imaginé las posibles caras de desprecio de mis amigos snobs, si se las leía alguna vez. Son mis amigos, seguro, pero qué distintos somos a veces. Me gusta fastidiarlos -levemente- así que ahí va la historia:

Mabel es una mujer menuda, con ese castaño claro que nunca es rubio y unos ojos marrones bastante comunes. Fue muy delgada de joven, pero desde hace unos años ha ido acumulando peso y se le ha deformado un poco el tipo, quizá por los embarazos, pues es bastante sobria para comer. Tiene treinta y nueve años y dos hijos. No deslumbró nunca a nadie, pero tampoco es fea. Suele irle en contra el eterno “de entrecasa” de su ropa, que es demasiado grande arriba de la cintura o demasiado apretado por debajo.
Los niños son la luz de sus ojos: Lucas, de nueve, un bandido tierno y gracioso, apenas desobediente, que se la pasa leyendo historias de piratas. Marcia, la nena, tiene once y ya es soñadora y gentil. No son complicados, han vivido sin padre -desde su muerte- casi toda su corta vida y aceptan a mamá Mabel como la autoridad sin discusión.
Mabel trabaja de ordenanza en el Registro Civil. No gana demasiado, suele tener dificultades, pero a fuerza de relegarse como motivo de gastos ha dado a sus niños una vida bastante neutral, sin lujos pero sin penurias.

Las chicas del trabajo no le creyeron cuando dijo, entre tímida y divertida, que desde la muerte de Luciano no había tenido relaciones con nadie. Ni siquiera había salido con alguien. Empezaron a nombrarle candidatos de ahí, del Registro. No, ni loca, decía.
Alicia siempre le hablaba del tío de Edgardo, su hijo. Hermano del marido, trabajador, callado y servicial. Se llamaba Alberto, y era buen partido, le dijo.
Las compañeras de más confianza le han dicho que con pilates y algo de arreglo, quedaría bonita y cualquier tipo le echaría el ojo. Claro, quién tiene para pilates y para arreglarse. Al menos, quién quiere un tipo. Suele ser un tema recursivo en los pasillos, sobre todo desde que Alicia insistió con querer presentarle a Alberto.

Alberto es bajito, rechoncho sin ser gordo. Fuerte aún, pues fue deportista, aunque ahora sólo le queda el fútbol con los amigos, algún día cada tantos fines de semana. Es bastante coqueto, pero no se nota mucho. Va a la peluquería una vez por mes, lustra sus mocasines con esmero y le gusta que sus zapatillas blancas estén impecables. Tiene el pelo canoso, pero que lo lleve muy corto y prolijo le da un aspecto juvenil. Nació hace 48 años, es ferretero desde hace tres y también viudo. No tiene hijos, pero mima a su único sobrino como si lo fuera.
Es bastante callado, casi tímido. Aún con sus amigos, nunca se le escapa una palabra que sobre. Pero es alegre y siempre estuvo rodeado de gente que lo estima mucho. Pese a su timidez, de joven -quizá por su gran resistencia física y cierta gracia natural- fue excelente bailarín. Era su fuerte, en realidad, con las mujeres. No es que fuera un semental, ni que se buscase problemas. Pero hasta las novias de sus amigos querían bailar con él Donna Summer o Boney M. Ni hablar cuando bailaba la secuencia completa de Fiebre del sábado por la noche. Siempre le dijeron que bailaba mejor de Travolta. Él se reía, pero nunca se preocupaba por negarlo.
Así conoció a Raquel, su futura mujer. Primero bailaron en los asaltos que organizaban amigos en común, y después salieron solos. Se pusieron de novios la noche que Earth, Wind and Fire vino al país, todo un acontecimiento.
Estaban felices, plenos. September resonaba aún en sus oídos y en sus corazones cuando se besaron. En dos meses, compromiso. En un año, casamiento.
Raquel era un poco más alta que él, apenas. Se encorvaba, cuando veía que, en la calle sobre todo, se estiraba como un muñeco al que lo sostuvieran por la cabeza. Por eso creyó, al principio, que el dolor cervical venía por mantener esa posición cuando estaba con Alberto y no dijo nada, ni al médico. Alberto a veces le decía que andaba como caminando apurada, como si quisiera llegar más rápido. Y se reían.
Cuando los dolores se hicieron insoportables, se descubrió la verdad: tenía cáncer en los huesos.
Después de los tratamientos y hospitalizaciones, Raquel vio por fin que sus intentos por aferrarse a la vida se traducían en una mayor desesperación de su marido, que ya había vendido los dos autos, hipotecado la casa y pedido prestado a cuanto amigo o familiar de confianza se había puesto a tiro. Decidió morir de una vez. Era inevitable, y habló con Alberto. Lloraron mucho, pero logró convencerlo de que era mejor vivir bien el poco tiempo que le quedaba que morir en cuotas. Ella dejó de quejarse por los dolores. Sonreía, a veces con los ojos vidriosos. Él, secretamente, siguió pidiendo dinero: a los bancos, a prestamistas. No le dijo a Raquel. Igual, no consiguió demasiado.
Después de un aborto a los seis meses -un intento por desmentir la enfermedad, que las fuertes drogas les negaron-, y un año y seis meses de franco desmejoramiento, expiraba Raquel con una sonrisa, con una mano en las de Alberto, a quien el gigantesco nudo en la garganta apenas le permitió humedecer los ojos. Fue tan fuerte la negación durante el desenlace quedó casi mudo por dos meses. Tenía una voz bajita, apenas audible. A la tercer o cuarta palabra se le humedecían de nuevo los ojos. Y se quedaba imposibilitado de hablar varias horas, los ojos grandes, parpadeantes.
Trabajando y estrechando gastos, consiguió devolver la mayor parte del dinero prestado. Después, se acostumbró a ser frugal y ahorró algo de dinero. Al final, pudo abrir una ferretería, un poco lejos de su casa, pero el lugar le pareció bueno.
Al principio costó, porque no tenía ninguna idea sobre el oficio de ferretero. Era perito mercantil, ignorante de todo lo que tenía que ver con el rubro. Cosechó un montón de anécdotas divertidas que no cuenta porque su timidez le gana casi siempre. Una vez le vinieron a pedir “clavos estriados de una pulgada y media”. Cómo no sabía de qué le hablaban, llamó al proveedor y le pidió doce cajas. Cuando las bajaron del camioncito repartidor se dio cuenta de que tenía de esos clavos malditos a patadas. Y que casi no se vendían ya, porque solían usarse en el campo, y la ferretería estaba en pleno Caballito. Ahí están las cajas de clavos, entre las mangueras de jardín -encontró que podía recomendarlos a los que tenían jardín, la alternativa ciudadana al campo- y los azadones en miniatura para señoras hacendosas. Son “un clavo” esos clavos. Si Raquel viviera, le diría así y se reirían los dos.

Mabel no acusó recibo del ofrecimiento de Alicia. Pero ella operó en secreto. La invitó al cumpleaños de Edgardo. Con los chicos; sí, no importaba. Domingo al mediodía, en familia.
Mabel se dio cuenta de que no tenía nada que ponerse, nada que no tuviera un par largo de años de uso intensivo. Y lo que conservaba en el ropero, la ropa que solía usar cuando salían con Luciano, parecía tan pequeña que quizá pudiera usarla Marcia.
Estuvo a punto de excusarse, pero una vecina, la “abue” -como le dicen los chicos a Luisina, la señora que vive contigua a la casita de Mabel-, acudió en su auxilio. Los atorrantes le contaron que mamá no los iba a llevar a una fiesta porque “no tenía qué ponerse”, y la gentil señora ofreció su ayuda.

No era la primera vez. Cuando intuyó que la pequeña familia la estaba pasando mal, ofreció a Mabel trabajo limpiando su casa. Mabel es orgullosa pero entendía la bondad de la señora y aceptó. Cuando la nombraron en el Registro Civil quedaron amigas. La “abue”, como gustaba que la llamaran, siempre estaba contenta por ayudarlos, pero Mabel no le daba demasiadas oportunidades. Luisina -viuda también- tiene una sola hija casi de la edad de Mabel, que vive en Estados Unidos. Con la ropa de esa hija, que conserva con devoción, ofreció a la mamá de Marcia y Lucas una solución.
Así fue que Mabel apareció en casa de Alicia, el domingo del cumpleaños de Edgardito. Vestida con ropa ajena, incómoda, pero contenta con poder cumplir. Los chicos, impecables, sonreían y se comportaban.
Entregaron el pequeño regalo -unas medias- y Mabel preguntó si podía ayudar en algo.
Alicia le dijo que no, que no hacía falta, pero si quería que estuviera atenta para cuando llegara Alberto en la camioneta, que traía unas sillas. Le aclaró entre visteos que ese Alberto era aquél del que habían hablado. Los chicos se miraron. Se puso nerviosa.

La verdad, Mabel había tenido un viejo galán que retornó con insistencia cuando falleció Luciano. Pero ni ella ni los chicos lo recibieron bien. En realidad, era casi amigo de la familia, y de repente se aparecía con flores -con lo que odiaba Mabel las flores después del velatorio- o alguna cosa dulce “para los nenes”. Hasta que un día Marcia -demostrando cuánto de cierto hay en eso de la “intuición femenina”, aún en una niña- le dijo a su mamá que odiaba a Pedro porque les había dado plata y les había pedido que fueran a comprarse golosinas y “que se demoraran”. No se habló más. Nunca más se lo admitió en la casa.
Alberto llegó con la Ford roja cargada de sillas de plástico. Se había demorado un poco -y estaba bastante ceñudo- porque había visto cómo un estúpido atropellaba a un cachorrito por pura maldad. Cargó al perro en la caja de la camioneta y lo tenía ahí, al lado de las sillas. Estaba más preocupado por eso que por descargarlas o por Mabel.
Llamaron por teléfono a varios veterinarios, hasta que uno aceptó atender al can. Parecía que para los veterinarios no había estúpidos capaces de atropellar perros en domingo.
Los chicos sintieron pena por el animal, que les movía la cola, apenas, cuando los veía asomarse por los bordes de la caja de la camioneta. Estaban serios e impresionados. La muerte se había llevado a su papá en un accidente de tránsito, y estaban casi tan callados como Alberto.
Mabel supervisaba su comportamiento con ojo avizor, pero no se dio cuenta de la relación que habían hecho entre el perrito y su papá. Ella también tenía en qué pensar.
Entablillaron al cachorro, que gimió de dolor mientras lo manipulaban, y lo pusieron en una cama improvisada con algunos trapos viejos, dentro de una casilla de gas en desuso. La casa estaba llena de chicos, pero sólo a los nenes de Mabel les importó el cachorro y se quedaron haciéndole compañía, con secreta esperanza.
En cuanto recibió la palabra tranquilizadora del veterinario -que partió raudo a otra emergencia porque un veterinario que ama a los animales los domingos también tiene mucho trabajo-, Alberto volvió a ser el gentil tío de Edgardo. Le había regalado una Play Station al sobrino -lo que explicaba un poco la ausencia de críos alrededor del perro-, y casi todos, excepto los de Mabel, estaban en el living maravillados con los juegos.
La verdad es que Alberto, a los ojos de Marcia y Lucas, era un héroe.
Se sentaron a comer en los mesones dispuestos en la amplia galería de la casa materna de Alberto y Julio, el papá de Edgardo. Mabel se sentó respetuosamente lejos del grupo familiar directo, casi en la punta opuesta de la mesa. No conocía a nadie de las personas que la rodeaban, pero su simpatía natural pronto la integró al grupo. Cada tanto miraba con ceño fruncido la mesa de los niños, donde los suyos comían pendientes de ella, portándose bien.
Pensó en Luciano, y en lo orgulloso que estaría de ellos. Separó su plato, como diciendo basta, e incluyó a Alberto en sus miradas furtivas. Cada tanto se le desaparecía del campo periférico, pues estaba sirviendo la mesa como si fuera el anfitrión. Eso le gustó.
Pasó por detrás de ella, con una bandeja de mollejas, y al ver el plato de ella, retirado y con los cubiertos cruzados, le insistió en que probara una, que estaban muy bien asadas y era una lástima perdérselas. Ella dio las gracias y acercó el plato otra vez, dejando lugar para las crepitantes achuras.
No hablaron más hasta el fin de la tarde. Cuando el cumpleañero hubo soplado las diez velitas, se repartió la torta y sirvieron sidra y café, la gente empezó a retirarse con el típico ritual, dando excusas con el tráfico de los domingos o lo mal que andaban los trenes. Mabel no quiso ser la primera, pero cuando quedaba la mitad de los invitados, le avisó a Alicia que se iba. Ésta le dijo que esperara un momento, que ya la acercaban. Se puso incómoda, protestó. Alicia insistió, haciendo gestos extraños y muy vehementes con la cara. Que no, que ya había algo previsto.
Le pidió que esperara en el living, mientras se hacían los arreglos. Marcia miraba con interés deferente al cumpleañero, que jugaba aún con algo de torpeza con la nueva consola, rodeado de primos y vecinitos. Lucas estaba indiferente, sus atenciones estaban con Sandokán, el Corsario Negro, el Sanguinario Olonés y Morgan.
Alberto apareció por fin. Les señaló la salida con un gesto mudo, y una vez en la vereda se acercó a la puerta de la camioneta, del lado del acompañante y haciendo un pase complicado, la abrió. Pidió a los niños que subieran primero, con una sonrisa apenas disimulada. Mabel subió después, dando las gracias. Cerró la puerta con un golpe seco y rodeó la trompa de la Ford para sentarse del lado del conductor. Les preguntó si estaban cómodos, a lo que todos contestaron con un asentimiento de cabeza y una subvocalización afirmativa: "¡Mhm!".

Salieron despacio hacia la avenida, luego cruzaron por debajo de la autopista y se subieron a ésta por la rampa opuesta, hacia Haedo. Alberto les preguntó a los chicos sobre el cachorro, si creían que estaría bien ahí, o era mejor entrarlo por las noches, para que no tenga frío o se moje con una lluvia nocturna imprevista. Los chicos opinaron que, salvo que hiciera mucho frío, ahí estaba bien. Mabel miraba por la ventanilla, con una mano en la boca y dando la impresión de estar distraída, pero pendiente de todo. Alberto les explicó que una vez el perrito estuviera bien, le iba a buscar casa, porque no había quien lo cuidara durante el día. Por el momento, vendría al mediodía para darle de comer y hacerle unas caricias, pero que no podía siempre.
Lucas miró a su mamá, con el gesto universal de súplica, aunque medido. Mabel, seria, estudió la situación y dijo que no había problema, si alguien se lo acercaba, en su casa estaba haciendo falta un perrito.
Los chicos sonrieron cuando Alberto se ofreció a llevárselos, ya que pronto conocería dónde vivían. La camioneta iba lenta, por el carril de la derecha, como demorándose. Sin embargo, llegaron más rápido de lo que todos quisieron.
Mabel y Alberto se despidieron brevemente. Antes de que éste se bajara a abrirle la puerta, quedaron en que les avisaba por Alicia cuándo les llevaría el cachorro.

Tres semanas más tarde, Alberto les trajo el perro, que ya no era una flaco canijo, sino un perrito alegre que movía la cola por cualquier cosa. Tenía un hermoso collar de cuero rojo, que quedaba muy bien con el color té con leche del animal. Ese día los conocí.
La camioneta se detuvo frente a mí, cuando iba a hacer unos mandados, con el perro jadeando por la ventana semiabierta del acompañante. Alberto (tenía cara de Alberto) bajó, golpeó las manos y salió Mabel (también le venía bien el nombre), precedida de los chicos. La casa no estaba terminada del todo -qué casa lo está-, el revoque era toda su decoración exterior, pero tenía unas sólidas rejas negras de dos metros de altura. Los noté nerviosos, se saludaron con una sonrisa leve y una inclinación de cabeza, reja de por medio y se quedaron hablando así, turbados, sin percatarse de la situación. También parecían alegres de verse. Los chicos miraban conansiedad al cachorro, que ladraba y movía la cola con alegría, al reconocer a sus amigos.
Yo pasaba justo en ese momento por la vereda. Venía distraído, pensando en mis cuitas, haciendo las compras al almacén cercano, cuando la buena vibra del ambiente me llenó el alma. Allí había dos enamorados. Percibí quizá su amor antes mismo que ellos, filtrándose por la reja hacia los dos lados.
Al volver con mis módicas vituallas la reja permanecía cerrada. La Ford también seguía allí; la ventanilla, llena de baba de perro, cerrada. El perro no estaba y las balizas de estacionamiento seguían encendidas.
Una vez dejé atrás la de Mabel, percibí en el dintel de la casa vecina una sombra. Había una anciana en la puerta. Sus posibles setenta años se le habían borrado del rostro, estaba sonriendo. Me miró con complicidad, mientras cerraba la puerta. Le guiñé un ojo y seguí mi camino. Para mí que se llama Luisina.

Juanes

Hola, soy Juan. Bueno, no Juan-Juan, el que ustedes pudieron conocer. Soy un Juan-Alterno. Soy el Juan que nació normal, sin taras de nacimiento. Adquirí algunas al crecer, pero no estoy aquí para hablar de eso.
Juan, el de ustedes, es un lindo chico. Bueno, mejor dicho: yo lo soy, y a veces olvido que si bien somos el mismo pero en dos líneas temporales paralelas -y cada uno tan Juan como lo es-, no somos iguales. Él pudo ser lindo pero le tocó su realidad, por desgracia. Su madre (que es como la mía, se llama como ella, pero tiene a este Juan -me resisto a decir defectuoso-) tomó algunas drogas en la gestación que deformaron el feto y le provocaron las taras de las que hablé y que no tengo. La mía cuidó mucho qué ingería y siempre me decía que era hermoso como un sol.
Perdón, estoy aquí por Juan, el otro.

No quiero que se dejen llevar por la impresión, no. No soy alguien que viene a sentirse mejor viendo que otro está peor, o a presumir de algo. Vengo porque tengo que dar testimonio de Juan. Él no puede, por ejemplo, porque es ciego -o casi, tiene nociones de claroscuros y siluetas muy difusas-, pero no sabe leer ni escribir, ni Braille ni nada.
Somos muchos Juan, no sé cuántos. A mi me tocó reportar el Juan de ustedes, y estoy contento. Tengo la facilidad de saber todo sobre él, porque inexplicablemente puedo evocar cada uno de sus recuerdos como si los hubiese vivido yo mismo. O sea, cargo con los recuerdos de los dos, e intuyo que él puede recordar cuando me caí de la bicicleta, o cuando dí mi primer beso. Es confuso, pero es así.
Juan, al nacer, ya se sabía que sería diferente. Si bien la ceguera se descubrió algo después, su labio leporino fue evidente en cuanto lo limpiaron del líquido amniótico materno. Estimo que su madre (que como dije, en realidad es como la mía, tan parecida -y distinta- a ella como Juan y yo) lo rechazó a primera vista. Mi madre me ama, sobre todas las cosas, porque soy bello y perfecto. Me refiero a cuando bebé, específicamente. Los padres de uno tienen un secreto orgullo cuando hacen hijos hermosos. La pobre mamá de Juan no estaba preparada para su fealdad, como no lo hubiese estado la mía.
Pero se sobrepuso pronto. Nuestras madres son abnegadas, aparte de orgullosas, y nos criaron con una mezcla distinta de amor, fastidio, orgullo, abnegación y tragedia. Diferentes proporciones, creo: Juan tuvo mucho más amor y abnegación en comparación conmigo, que fuí amado más cuando más perfecto, hermoso y digno de mi madre me mostraba. En fin. Desvarío.
A veces pienso qué habría pasado si la vida le hubiese cambiado los niños, y tuviera mi madre que cargar con la fealdad de Juan. La de Juan se merecía un niño como yo, hablando con sinceridad. Pero bueno, Juan pensaría distinto, tal vez. Sí, piensa distinto, lo sé.
Volviendo, puedo decir que entre tanta desgracia él no es infeliz. Es bastante feliz, en realidad. Disfruta casi todo lo que vivencia. Es muy poco en comparación con mis experiencias. He visto el mar, me trepé a los acantilados que quise y cabalgué cada tarde de primavera que pude en mi adolescencia.
No, claro que no puedo afirmar qué pensaría él si experimentara otras cosas que le estuvieron vedadas, como las chicas, o los deportes, o simplemente, ver el mundo. Creo que no mucho, porque yo, siendo tan parecido, no he encontrado realmente mucho placer en ello. Siempre creí que me he perdido de mucho, que hay cosas más interesantes que el mundo inexplicablemente me niega a veces con mezquindad.
Qué raro. A veces pienso que envidio a Juan. No, claro, no el labio leporino, la ceguera y sus débiles músculos. Si yo, como dije, hacía deportes, era ágil y fuerte. Pero desde que lo conozco, desde que supe que él era yo mismo en otro continuo temporal, estoy inquieto. No sé. Tenemos casi la misma madre, el mismo padre ausente, las mismas abuelas (sin embargo, la que decía de mí que era un “mocoso maleducado”, decía de Juan que era su “tesoro”).
Por ejemplo, mi madre se negaba a darme una segunda porción de helado, cuando niño. ¡Cómo me gustaba el helado! No le costaba nada, había de sobra en el congelador. Pero no, claro. La madre de Juan le dio todo el helado que quería, siempre. A veces hasta lo miraba comer con mudas lágrimas en los ojos, mientras el pobre inocente sonreía, relamiéndose, ignorándolo todo.
La vida es injusta, si señor. A Juan le tocó la mejor mamá, la mejor abuela, todo el helado que quiera, ser tan feliz como yo infeliz. A veces pienso que quiero ser Juan. Es confuso.

lunes

El retorno de los tartamudos.

"Las siete de la tarde y esta reunión se alarga como el rosario de un tartamudo".
Esa frase se instaló -en otro nuevo segundo de descuido- rebalsando la vacuidad craneal que le producía la fatiga y el aburrimiento. Un estricto sentido de la caridad humana le impedía reírse sin culpa de los tartamudos, y le decía con tonito santurrón que tampoco ese era momento de reírse de nada.
Si alguien en la sala de reuniones atribuyó la ligera chispa que cruzó por sus ojos a pensamientos divergentes, no lo dijo. Igual se ruborizó como si lo hubiesen retado. Y se odió por eso.
La cuestión era seria: veinte trabajadores perderían sus empleos en el corto plazo si el equipo del que formaba parte no pergeñaba una estrategia salvadora. Y esa estrategia no era otra que hacer dinero para justificar sus haberes.
El autor de estos pensamientos y rubores era una especie de ball-boy ideológico que debía recuperar los pelotazos que caían más lejos ("demonios ¿qué quieren que haga con estas ideas estrafalarias?"). Golpes dados por ejecutivos un jueves por la tarde, más preocupados por acabarse el balde de pelotas que por jugar un buen punto.
No podía juntar en la cabeza suficientes cifras (toneladas, metros cúbicos, o cualquier cosa mensurable y convertible en dinero) como para evitar desvariar y ruborizarse intermitentemente.
Al final, las soluciones propuestas se complicaban tanto que todos se desconfiaban como jugadores mentirosos en una mesa de póquer. Más que soluciones, parecían remiendos cada vez más torpes de los inevitables despidos. Su función de buscar pelotazos no tenía sentido, porque apuntaban a la Luna.
Todos querían convencerse de que no había solución e irse a casa con la conciencia tranquila. Esa era la verdad. Les pagaban buenos sueldos para preocuparse por esos problemas pero no tanto como para hacer milagros. Irse pasada las siete daba cierta sensación de deber cumplido.
"Está bien. Hicimos lo que pudimos. Nora, por favor, tenga la lista para mañana temprano".
El jefe está satisfecho del esfuerzo pero delega la cuestión odiosa del matadero en una simple empleada de 9 a 5 de Recursos Humanos, aunque todos sabemos que Nora tiene un marido casi nuevo, una bebé de un año, y que se quedó hasta tan tarde sin esperanza de horas extras que la justifiquen en casa.
Una primera mirada a su compañera no le dice demasiado: gesto profesional, postura correcta. Pero un imperceptible delay en las respuestas y en los movimientos delatan su debate interno.
"Se está imaginando la bonita escena conyugal que le espera en una hora; cuando llegue a casa, cansada, y su peor es nada le reproche su inútil carrera laboral usando de ejemplo el llanto inconsolable de la bebé, que no para de hipar por su dermatitis."
Viéndola así, se la notaba más contrita y fastidiosa. ¿Se le notaba, o estaba poniéndole su propia máscara perceptiva? Su sentido de la observación -que no conectaba con Nora con la misma la caridad que lo hacía con los tartamudos-, siguió disecándola sin piedad:
"Entre el cansancio y la frustración que tiene, la lista va a ser una carnicería. Como siempre, nos vengamos con los que no pueden defenderse."
Veinte empleos. Sin eufemismos: veinte vidas puestas a dura prueba, dependiendo del mal humor de una recién casada que piensa en su esposo y su bebé. La ley del gallinero.
"Ahora Nora calculará las liquidaciones finales, y pondrá en la lista los veinte más baratos, sin preguntarle a nadie, porque es una regla no escrita. En fin. Este laburo es una mierda".
Se preguntaba a menudo -más seguido últimamente-, cómo demonios terminó ahí. De aspirante a astrónomo a testigo casi mudo en reuniones corporativas en las que se juegan millones, y detrás de esos millones, vidas enteras.
"Y pensar que mi viejo era sindicalista..."
Se encogió de hombros, pasó al lado de Nora sin saludarla y salió a la calle. Odiaba todo eso. Incluso irse sin saludar.
En la calle fue peor. A esa hora, la pequeña ciudad norteña era un infierno, ardiendo al rescoldo de un sol rojo histérico que porfiaba su inclemencia hasta el último minuto del ocaso.
Se sabe que el calor sin el complemento del agua vuelve a las personas desconocidas más detestables, si fuera posible sumar la detestabilidad que provoca con uno mismo ese calor de horno.
Extrañaba estar aburrido, pero con aire acondicionado. Caminó deprisa, rebelándose contra la parsimonia de los otros peatones, achicando los metros entre él y la ducha.
Llegó, por fin, al departamento. Cerró la puerta y llevó a cabo el mismo ritual de siempre: sacarse la ropa con desesperación. Secreto placer de los que viven solos.
Entró al baño y se sumergió en la lluvia artificial, reconciliadora.
Una necesidad imperiosa se le impuso en cuanto el calor lo liberó un poco de su tormento.
Salió del agua demasiado pronto, apenas fresco, todavía mojado, con la toalla apenas en la cintura y los ojos inyectados.
Se sentó desnudo frente a la pantalla de la computadora. Abrió el editor de textos y escribió con una semisonrisa:
"Las siete de la tarde y esta reunión se alarga como el rosario de un tartamudo...".
Una chispa se adueño de sus ojos.
Siguió ahí por un buen rato.





Salud laboral

Eran las 19.12 y Bess había terminado con todos los "proyectos" asignados para el período. Cumplió la cuota básica de producción -y con el bendito plus de productividad al que se había comprometido con la gerente de RR.HH.-, sobre la hora. Hoy se cumplía el interminable mes.
Se sentía vacía y un poco triste. No era el peor trabajo del mundo, pero a veces tenía la impresión que debía ser tantas diferentes personas para otras tantas que su verdadera personalidad se resecaba un poco y tremolaba de puro frágil.
El sistema de gestión de telemarketing que operaba tenía dos funciones: la primera recopilaba la información del contacto y la tabulaba. La segunda, controlaba la producción de los telemarketers en sí.
Es decir, un proceso automático del sistema se disparó en cuanto su cuota se cumplió, y un nuevo lote de contactos pasó a la columna de "activos" en su "lista de pendientes".
Sonó el celular. Un mensaje de texto:

"Espero verte pronto, lamento que estés tan ocupada".

"Uff! No es mal tipo. Pero hoy no puedo con todo", se dijo.
De a poco el ruido blanco de la oficina fue decayendo y tornaba hacia los colores más pálidos de la paleta.
Mientras cerraba el sistema, la mensajería instantánea interna interoperadores parpadeó dejando saber que había un mensaje on-line. Del gerente de Producción, su jefe directo. Más bien, de su secretaria. El no estaba para eso. Se la pasaba en el MSN, pero el chat interno era cosa de secretarias y telemarketers.
Como símbolo de poder, al pesado le encantaba tenerla tiempo extra con cualquier excusa.
Seguro se sentía macho, viril, jugando con su visible desesperación como un gato con un ratón moribundo.
“Maldito aprendiz de acosador. Encima es más tímido que una paisanita virgen. Lo detesto”. Quería irse a casa.
Se encontró esperando en la puerta del ascensor a dos de los nuevos "leones" de la empresa. Casi adolescentes, salidos de una mediocre pero cara universidad empresarial. El traje de ambos no era demasiado costoso, pero los gestos ampulosos y la cháchara eran de dos genuinos Gerentes Generales.
Se dedicaban a la "adquisición informal de datos" (mejor dicho, al robo de información lisa y llana), que era uno de los mejores y más caros productos de la empresa. De eso no se hablaba puertas afuera. Se le susurraba al cliente después de una sólida relación de años. Comprendía hacking y otras cosas, pero lo más importante era la “ingeniería social”.
(Intentaron reclutarla para el sector. Le ofrecieron un sobresueldo para ropa y accesorios. Después de todo, era una atractiva morocha, pero no tenía intenciones de ser del “servicio de acompañantes” de la empresa. “Gatos espías”, se dijo con ironía, aquella vez).
“¿Te acordás del Gerente de Compras que te conté? Lo desarmé con una prostituta de 400 euros que hice pasar por una amiga ¡Jajajaja! No sabés la data que soltó. Y de lo buena que estaba la mina", diciendo esto último en voz más baja, y dándole un pequeño codazo a la altura de las costillas a su compañero para que tomara nota de la implicancia.
El otro escuchaba en silencio. En su cara se notaba la marca de la envidia.
"¡Ding!" Llegó el ascensor. Como subía solo un piso marcó en el panel soft-touch su selección y dió lugar a que sus casuales acompañantes hicieran lo mismo. Marcaron el segundo piso.
"Hmmm... van a la cafetería. Tanto roce con los ejecutivos, tanto hablar de euros, y terminan tragándose un sándwich de pan negro rancio con atún de supermercado y una gaseosa Light, a las siete de la tarde, mientras se mienten sin vergüenza", pensó mirando oblicuamente el visor del ascensor.
"¡Ding!". Salió al pasillo, con visible malhumor. No se notaba demasiado, salvo en algún chispazo en los ojos (y que su mirada se volvía cada vez más oblicua) y en que tenía que tomarse un par de segundos antes de decir algo.
Se volvió de repente al ascensor y encaró a los "agentes secretos". Puso la rodilla en el sensor para mantener la puerta abierta. Y habló en un susurro, pero lo suficientemente fuerte como para mostrar su vehemencia. Y habló con tonito de maestra ciruela.
"Les recuerdo, caballeros, que las normas de la empresa impiden comentar cualquier acto de servicio fuera de los lugares adecuados, y desde luego el ascensor no es uno de ellos". Miró deliberadamente al que se ufanaba hace un minuto. "Y le recuerdo a usted en particular, señor, que los recursos de la empresa son auditados en profundidad previendo cualquier desvío del personal en misión. La profesional o “prostituta” -como la llame- trabaja regularmente para la empresa y sabe tanto de su objetivo como de usted mismo".
El envidioso cambió imperceptiblemente su expresión en medio del discurso. Y a pesar de su esfuerzo, la risa vengativa le salía por las comisuras mientras con su campo visual periférico relojeaba el visible embarazo de su compañero.
“Y les aclaro que en la cafetería hoy encontraron cucarachas en los sándwiches”.
Retiró la pierna y la puerta se cerró de golpe, como corriendo un telón de piedad.
Hizo cuatro pasos hasta la recepcion del gerente acosador.
La secretaria la miró con un gesto de desánimo. Era bonita, flaca, rubia y apestaba a Paloma Picasso. Era buena la imitación, pero no engañaba a su olfato sutil.
“Si, mirá. Un segundo antes que subieras se metió el Gerente de Productos. Le dije que estabas citada, pero dijo que era muy importante. Carlos me pidió que lo esperes”.
Volvió al pasillo con una media vuelta en cámara lenta. Los hombros se le encogieron perceptiblemente. Tenía los nudillos blancos por la presión. Se detuvo junto a la pared con la mirada fija en la nada. Y muy oblicua.
Esa hora era peligrosa para su salud laboral. Ocurría un repliegue de las someras capas corporativas, que había adquirido forzosamente con el tiempo, y se imponía su más tradicional mal carácter natural. Ya no demoraba las respuestas. Salían en tiempo real.
Empezó a sopesar las diferentes variantes de su vida, de acuerdo a las decisiones que podía llegar a tomar, sin llegar a decidirse si entrar de prepo a la oficina de Carlos y mandar a los dos señores Gerentes a dar por culo, o marcharse de ahí sin dar más razones, o seguir esperando hasta reventar.
No se decidía. Y esa era la tragedia.