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jueves

Otra vez la lluvia

Recién acabábamos de hacer el amor, por última vez.
Era el jueves de semana santa. Llovían gotas pesadas, intermitentes. No teníamos dónde ir, nunca lo tuvimos. Así que la noche se nos había hecho en plena calle, en nuestros corazones y también tiñendo los árboles y el cielo. Como dos vagabundos, mientras todo el mundo iba por reparo seguro a la borrasca, nosotros buscábamos un lugar al resguardo vano de las miradas ajenas, alguna intimidad a la vista de todo el mundo.
Llorábamos, con inconstancia, imitando a la lluvia. Yo mucho menos, pero igual era casi llorar demasiado para mi gusto. Cada tanto, reparando en la inverosimilitud de mis lágrimas, ella me las enjugaba y soltaba más de las suyas, como queriendo hacerlo por mí.

-Yo sé que esto no es el final. No puedo imaginarte lejos. No puedo imaginar mi vida sin vos -dijo, con algo de bronca, entre dientes apretados-. Puedo imaginar que aparecés cada tanto, a lo largo de los años, y todo vuelve a ser real.


Nos sentamos debajo de unas casuarinas, que mientras no se empaparan completamente, nos servirían de refugio. Una gata peluda me picó en la mano, haciéndome ver estrellas de todos colores, por el dolor. No dije nada. Como la Any de “La Náusea”, comprendí que no era digno de ese momento semejante infortunio.

-No. Yo no puedo darme ese lujo. Tengo que matarte, o matarme. Poner entre nosotros una montaña que no se pueda escalar, un mar que no se pueda nadar. Lo peor de todo, es que si sé que me esperás del otro lado, voy a morir escalando, o ahogándome. Así que tengo que saber que elegiste bien, que no me necesitás, que sigo siendo un problema irresoluble. Haré mi vida, te olvidaré y seré feliz. Aunque ahora no lo sea. Esto que empieza hoy es lo que te perdés. El resto de mi vida.

-Lo peor de todo es que sé que tenés razón. Sin vos, mi vida va a ser una secuencia de días grises. Haré todo lo que se espera de mi. Me imagino satisfecha, casi feliz, por tener a mi entorno feliz. Mi vieja, Claudio, mis hermanos. Aunque cada tanto escucharé una canción y sabré que me equivoqué -me miró a los ojos, con total sinceridad-. Sos el más fuerte, al único que puedo resignar sin saber que lo destruyo. Elijo a Claudio, y sé que pierdo mucho, pero ellos no pierden nada. Si te elijo a vos, que sos el vacío, el “no hay futuro”, el riesgo de haberlos perdido por nada es demasiado.

-Ah, eso. Si, no te puedo decir qué pasará mañana. No te puedo decir cuánto tiempo te voy a querer. No lo sabés vos, tampoco, pero pretendés que sí. Que con decir “te voy a querer”, alcanza. Siempre supe que mi sinceridad, aunque sea la verdad más irrefutable, iba a terminar cobrándome caro. Es mejor mentir, ¿no?.

Pensó un rato. Su cara mutaba con cada línea de pensamiento. Pero llegaba al punto en el que todas las derivaciones terminaban en el mismo gesto: temor.

-No puedo -se puso seria-, me quedaría afuera de mi vida. Vos no me necesitás, entendeme. Claudio, sí. Mi familia, también. Si, soy una cobarde y ahora me doy cuenta. Aprendí mucho con vos. También cosas buenas -sonrió, entre las lagrimas-. Si te vas, no habrá océano que me separe de vos.

La lluvia nos había abandonado, de momento, dándonos la oportunidad de separarnos. La acompañe, en silencio, hasta la parada del colectivo. Entendía su lógica, pero no era la mía. Siempre aposté por mis afectos. Por todos ellos. No los segrego, ellos lo hacen por mí. Y ni siquiera así estoy conforme con eso, a veces.

Pero esta vez era distinto: la necesitaba, la quería, la amaba. Su decisión, la de dejarme y volver a la vida de la que había salido, era entendible. Yo era el presente, la vida. Ella prefería el futuro, la esperanza.

-No vas a saber más de mí. Este último beso, es el último. De verdad.

La besé, despacio. Con su aliento en mi boca, me dí vuelta, el corazón saliéndoseme por la garganta. A los cinco pasos, una vez que hube exhalado, quería volver con ella. Que me abrazara, que me dijera que no, que se quedaba conmigo. Pero no, íbamos a seguir siendo amantes durante años, siglos. Ella viviría las dos vidas, y yo, ninguna.
Decidí no verla más. No sabía cómo. De alguna manera, matándola, matándome. Poniendo una montaña inescalable entre nosotros, un océano que no pudiera cruzarse.

Jamás la volví a ver.

Y un día, mucho después, fui muy feliz.

domingo

Bodas y mentiras

La idea de juntarnos a todos los invitados solteros y solteras antes de la noche del casamiento había sido de la entusiasta pareja. Se aseguraba que en las bodas los invitados que asisten solos y en edad de merecer suelen estar a merced de su falta de timidez para departir y divertirse -lo cual se espera de ellos, hasta con impaciencia, como si aburrirse fuera una falta de decoro en tan gloriosa fecha-, por lo que nos habían convocado para reunirnos en una confitería de moda, en pleno centro nocturno de la pequeña capital provinciana.
Intenté negarme, a la tarde, sin herir la susceptibilidad de quienes ya habían suscripto contentos a esa idea estúpida, haciendo una llamada a mi interlocutora de confianza, la hermana del novio.
- Qué hielo quieren romper. Al casamiento voy porque si no dicen que soy un amargado -lo dije con una sonrisa irónica, tratando que se oyera por el teléfono, a fin de no parecer tal-. Pero ya sabés que pienso de los casamientos.
- Sí, lo sé. Y también sé que vas a ser el primero en esconderte detrás de una columna, con una botella de vino, prendiendo cigarrillos a cada rato y con cara de circunstancia.
- Es mi cara, qué querés. Las fiestas me aburren. Y así soy yo.
- Pero por eso vamos a presentarte todas las chicas antes, esta noche... -dijo "chicas" con énfasis, pretendiendo hacerme reaccionar. Me dí cuenta que no me hablaba a mí (tal vez a un yo lejano, desaparecido hace bastante). Tal vez otros reticentes habían sido quebrados con este argumento-. Dale, no seas amargado.
- ¿Ves? No soy un amargado, estoy muy bien así. No necesito que me presenten a nadie. Menos para un casamiento, a la vista del todo el mundo. -Y poniéndome serio- No, no voy a ir. Y me parece que tampoco iré a la fiesta, si voy a tener que divertirme por obligación.
- Dale, Marito. Dale. Alguien preguntó por vos y le dije que ibas -lo dijo con cierta picardía, esperando que le pregunte quién-.
No hacía casi falta. Me imaginaba quién, no podía ser otra. De las amigas de la novia, era la única que había estado en mi lista (cada vez más rala) de pendientes. Pero me había enterado que se casaba en breve, y estaba tachada con un grueso trazo rojo. Esa mujer y yo teníamos un largo historial de nada: siempre de novio con otro. Para mí había sido una especie de Parnaso lejano y al que no tenía demasiado acceso: refinada, rodeada de un aura artística de excelencia (tocaba el cello desde la infancia, y había cosechado aplausos y elogios a cada paso), su vida era ordenada y andaba con equilibrio entre la burguesía y la bohemia (no como yo, que me debatía entre ambas cosas tropezando con todo).
Mi interlocutora, vieja amiga, sabía que no araba en vano en ese terreno.
- No te creo. Ahora decís que fue Laura quien preguntó, y te corto por mentirosa.
- Bueno, dale. Cortame y no te enterás de nada.
- Soy todo oídos.
- No, andá esta noche al pub, y no va a hacer falta que te cuente mucho.

Más tarde buscaba a mis futuros contertulios a través de las ventanas del local, mientras fumaba nervioso preguntándome porque aún no podía ponerme alguna excusa valedera para estar ahí -salvo una curiosidad que no atrevía a reconocer-. Cuando me convocan en calidad de alguna cosa me suelo sentir incómodo, sobre todo si implica una reducción banal de mi calidad de snob, pretendiendo meterme de prepo en algún colectivo demasiado heterogéneo y patético, del que me envanezco pensando que no es el mío. No, no soy un "soltero buscanovia en casamientos" ("Pero qué hago acá?").
Patricia, mi amiga, me hacía señas cada vez más desesperadas desde un rincón del lugar, poco concurrido quizá debido a que no era fin de semana, pero el grupo al que debía unirme parecía numeroso. Unas cuantas mesas conectadas, muchas gente desconocida y caras alegres a las que se les envidrió el gesto en cuanto me vieron, confirmaron el error de haber ido.
Patricia dejó a Laura para el final de las presentaciones, y me hizo un seña cómplice para que me sentara en una silla vacía a su lado.
Miré rápido alrededor y preferí sentarme enfrente, donde podía distraerla con mis manos si había charla, o repantigarme detrás de algún vecino si mi amiga había sido demasiado optimista. Igual, no había habido un entusiasmo notable, lo que me parecía absolutamente lógico tratándose de mí.
Si bien Laura era una belleza regular, de rasgos pequeños, era atractiva. Físico mediano, sin grandes salientes. Vestía módicamente, pero no había detalle librado al azar. La cinta del pelo, el cinturón, la cartera y los zapatos eran del mismo color marrón oscuro de sus ojos. Su fuerte era una generosa posadera, ahora apretada en un jean adhesivo que quitaba el aliento.
Me sonrió, y me preguntó si era cierto que tocaba la guitarra. No le contesté la pregunta.
- Perdón, nos conocemos ya. Tal vez no te acuerdes. Igual, hace unos años nos presentaron y te dije lo mismo "ya nos conocemos".
Su sonrisa, se heló por un segundo. No se esperaba tanta franqueza. Yo no esperaba tanta falta de sinceridad.
- Vos sos el amigo de Patricia, el que se emborrachó en el Club de los Abogados y se tiró a la pileta en pleno agosto. Me acuerdo, si.
Había tenido que acordarse de eso. Ya no tenía oportunidad de parecer sofisticado y mundano.
- Si, pero ya nos conocíamos de antes. Un día te saqué a bailar y me diste vuelta la cara. Bastante cortante -le sonreí, porque para mí ser sincero o cortante son cosas simpáticas, que me gustan de la gente-.
Ella digirió mi sonrisa con un instante de reflexión, que se tragó con un gesto visible. Pero ahí mismo hicimos contacto: se dio cuenta que no iba a ser condescendiente con ella a pesar de ser linda. Y sonrió, a su vez.
"¿Habrá entendido?", pensé. Qué duda.
- Te he visto en algunos conciertos, me gusta mucho el cello -le aflojé, para olvidar rápido el momento de sonrisas heladas.
- Hubiese sido bueno si me oyeras.
Touché. Tardé un segundo en detectar la ironía. Correcto: sabía que me gustaba, y acababa de decírmelo. Pero eso me hacía las cosas más fáciles.
A partir de ese momento, el flirteo fue más fácil. Era inteligente, rápida para la ironía, aunque mis constantes salidas de rumbo la desconcertaron al principio, pero pronto me agarró el ritmo. El resto de los "solteros en merecimiento" dejaron de existir. Cada tanto alguno reclamaba nuestra atención, pero se empezaron a volver una molestia, a la que ella cada vez respondía con más fastidio. Leí en sus ojos el pedido de auxilio: "¡Sacame de aquí!".
- Hay mucho humo. Me duelen los ojos -mentí- ¿Me acompañás afuera a tomar aire?
- Dale.
Salimos. Caminamos instintivamente hacia cualquier parte. En silencio. Una voz decía en mi interior: "¡Por fin!". Sin embargo, crecía un sentimiento de desilusión. Me sentía Groucho Marx, protestando en la puerta del club que lo admitía como miembro. “¿Qué hace esta mujer conmigo? Qué fácil fue”. Me sentí algo incómodo, pensando en alguna confusión de su parte. Otras cosas pensé mientras nos alejábamos del ruido. La primera fue "tiene novio". La segunda, "qué me importa".
“La historia de tu vida, Mario, qué querés saber”, me dije. Soy el tipo que tiene en la frente la leyenda "en caso de emergencia, rompa el vidrio". Reniego de ese título. ¿No había convivido siete años con alguien, solo por romper con el maleficio?
Caminábamos en silencio. Los dos sabíamos.
En cuanto dejamos atrás el bullicio de la calle "de moda", debajo de la sombra de un paraíso gigante que amenguaba las luces amarillas de vapor de sodio, nos besamos. Yo le tomé la mano primero (¿o fue ella?). Quiero pensar que fui quien le tomó la mano.
Quedamos frente a frente. El beso no había sido tan efectivo. Probé de nuevo, con mayor ímpetu.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Sus labios eran fríos, como revestidos con una piel artificial. Sin embargo, al tercer beso gimió y comenzó a respirar entrecortado.
Mis labios estaban insensibles, comprobé asustado. Ella me siente, yo no la siento a ella. Sin embargo, mi instinto masculino y mi experiencia me decían que teníamos que salir de esa exposición callejera. Quizá era eso: temía exponerla y estaba algo nervioso. Aunque no estaba nervioso para nada.
- Vamos -fue mi escueta propuesta-.
Ella bajó la vista y asintió. Paré un taxi que al azar pasaba casi a propósito, y le dije con voz segura que nos llevara a un hotel, dándole al chofer una dirección inequívoca. En cuanto la oyó, miró a Laura con lascivia.
Llegamos al lugar, pedí habitación regular. Hacía calor, el aire acondicionado tardaría en enfriar el caldeado ambiente.
Estábamos ahí, a merced de nuestra nula intimidad. Ni ella ni yo sabíamos cómo reaccionar a eso. Ella me abrazó. Suspiró. Se le dio por las confesiones.
- No creas que no sabías quién eras. Yo sabía todo, pero siempre fuiste un hueso duro de roer para mí. No existe posibilidad de que te incorpore a mi mundo. Se espera de mí casamiento, hijos y perro en un patio con rosales. Vos sos un tipo con demasiada historia... -dejó la frase sin terminar para dar a entender que sabía bastante de mis tropiezos-
Acariciaba mi pelo mientras decía esto. Me empecé a poner, inexplicablemente, incómodo.
- ¿Querés ponerte cómoda? -"estúpido, lo que quiere es que la beses", me dije inmediatamente después de decirlo-.
- No, está bien -se sentó en la cama, lejos mío, rompiendo el clima-.
Me acerqué. Empezaba a actuar como siguiendo un libreto:
(MARIO SE ACERCA A LAURA. LA MIRA CON PASIÓN FINGIDA Y SIN ESPONTANEIDAD.)
Mario: Laura ¿estás bien?.
Laura: Si.
Mario: Perfecto.
(SE SIENTA A LA DERECHA DE LAURA. MIRA LAS MANOS DE ELLA, QUE ESTÁN EN SU REGAZO. TOMA UNA SIN MUCHA DELICADEZA Y SE LA PONE EN EL HOMBRO DERECHO, BUSCANDO ACERCAR LA BRECHA QUE LOS SEPARA. MARIO NO LA MIRA A LOS OJOS NUNCA, SOLO VE LOS DETALLES: EL PELO, LA CINTA QUE LO ATA, LOS AROS, LA REMERA DE HILO QUE OCULTA UN PAR DE PECHOS DE TAMAÑO DISCRETO PERO QUE APARENTAN ESTAR ENHIESTOS).
Mario: Seguro estás bien.
Laura: Sí. Seguro.
(MARIO LA BESA REPETIDAMENTE, LA RECUESTA EN LA CAMA Y COMIENZA UN APRONTE DIRECTO AL SEXO DE LAURA CON SU MANO DERECHA. ELLA RESPONDE CON GEMIDOS CADA VEZ MAS INTENSOS).
Laura: hmmmmmmm... hmmmmm...
Mario: ...
Laura: hmmmmmmmmmmmmm... HMMMMMMMMMMMMM!!!!!!....
Mario: ...
(MARIO LA DESVISTE, SIN DEMASIADA CEREMONIA. ELLA ACOMPAÑA LOS MOVIMIENTOS CON LOS OJOS CERRADOS. DESPUÉS LA PONE EN LA POSICIÓN "DEL MISIONERO" Y PROCEDE A LA CÓPULA, NO SIN ANTES DEDICAR UNOS MOMENTOS A LA EXCITACIÓN LOCAL DIRECTA Y MASIVA DE LOS GENITALES DE LAURA Y SUS CARACTERÍSTICAS SEXUALES SECUNDARIAS.)
(EL ACTO TOMA UNOS MINUTOS. ELLA GIME CADA VEZ MÁS Y TIENE UN ORGASMO CONTENIDO PERO INTENSO. MARIO CORROBORA EL ORGASMO DE LAURA Y SE DEDICA AL SUYO, AUMENTANDO EL RITMO DE LA CÓPULA. TIENE SU ORGASMO CASI EN SILENCIO).
"Siempre lo mismo, mierda", me dije con decepción. "¡Puta madre!".
Ella quedó inmóvil, regodeándose en el orgasmo. No nos dijimos nada. Jadeábamos.
Me retiré de ella, sacándome el profiláctico, en un gesto automático, en cuanto le dí la espalda. Me recosté a su lado, después, siguiendo el libreto.
Recién entonces la miré bien. Era hermosa desnuda: la cintura pequeña y sus nalgas firmes eran el punto fuerte. La acaricié, ella me sonrió, con los ojos todavía cerrados.
- Qué bueno estuvo. Sos muy tierno.
“¿Qué hace conmigo? Se está por casar ¿Porqué está sola?”, preguntas que rondaban todavía en mi cabeza.
Se giró, y como adivinando mis pensamientos, siguió con la ronda de confesiones interrumpidas por el rato de sexo.
- Vine de Córdoba sola para la despedida de soltera. Patricia me insistió que la acompañara hoy, pero le dije que no, si tengo novio. Él se quedó allá, tiene que rendir la última materia, y se viene hoy a la tarde para el casamiento del viernes. Me dijo que ibas a venir vos y que estabas solo. Entonces le dije que sí. Siempre me intrigaste. Conozco varias historias tuyas entre mis amigas.
- Sí –dije con una sonrisa-, espero que no me hayan difamado mucho.
- No todas hablan bien de vos. Sos difícil –y rápidamente agregó- y eso siempre me atrajo, pero cómo me acercaba, siempre estuve de novia. Y nunca me abordaste, salvo aquella vez de la que siempre te quejás. Te estuve por decir que sí, pero estaba con mis amigas. –Cambió el tono- si insistías, te decía que sí.
- La historia de mi vida.
- ¿No insistir?
- Que estés de novia.
La besé, haciendo el intento por ponerla en clima otra vez. Se dejó caer de espaldas, obediente, y se entregó a mis caricias.
Esta vez tuvo un orgasmo ruidoso, totalmente caótico. Yo no conseguía el mío, y desistí temiendo advertirla. Ni se dio cuenta, demasiado concentrada en el suyo. Benditos profilácticos. Tenía la cabeza partida en miles de preguntas.
En cuanto normalizó un poco la respiración se echó encima mío, besándome con pasión, con ardor. “Qué tarde”, pensé. “Si hubiese reaccionado así hace un rato”.
Estaba frenética. Hablaba con esas ternezas amorosas que no dicen nada. Terminó poniéndome algo incómodo. Cada “mi amor” me hacía pensar en el tipo que se quedó en Córdoba. Prefería que dijera “que buen sexo tuvimos”. O que no dijera nada.
En un momento en que la tormenta amainó un poco, pedí ir al baño. Entré y me miré al espejo. Me preguntaba qué hacer. Si aflojaba ahora, si daba crédito a esas palabras llenas de pasión y amor repentino, me iba a meter otra vez donde no debía, Otra vez sirviendo de mojón para que una futura ama de casa desesperada decidiera que el mejor partido estaba con otro. No habría ningún perro ni ningún jardín en nuestro futuro. Sin embargo, salí del baño dudando.
Cuando volví me miraba con arrobamiento. Me senté de espaldas a ella. Prendí un cigarrillo. La estaba aislando y se dio cuenta.
- No sé que hacer, Mario –me dijo, mientras se abrazaba a mi cintura-. Él no es mala persona, es un buen tipo, me quiere mucho. Pero no significa nada para mí, es como un buen amigo. No tengo orgasmos con él.
- Pero te vas a casar ¿no es cierto?
- No sé –puso su cabeza en mi muslo, y me miró por primera vez a los ojos, con el alma-. No sé qué quiero.
- No sé si soy yo la respuesta –apagué el cigarrillo a medio fumar-. Pero creo que no te tendrías que casar con alguien que no querés.
- Pero qué hago –sus ojos me miraban fijo, frunciendo el ceño-. Si no me caso, se va todo al traste. Ya no tengo veinte años.
- ¿Entonces todo se reduce a eso? ¿A un buen partido?
La voz se le puso grave.
- A eso por un lado. A que no lo quiero, por el otro. Y a que acabás de darme mi primer orgasmo como Dios manda en más de siete años. El segundo fue de verdad. Quiero a alguien como vos, en mi vida, y no sé cómo.
- ¿Como yo? ¿Qué querés decir con...?
- Intuyo como sos. Y sé que somos muy distintos. Pero tenés vida, estás lleno de cosas, te preguntás todo. Te vi fruncir el ceño tantas veces esta noche. Me prestaste atención. Nunca intentaste quedar bien conmigo.
- Laura, lo que esperás de mí, lo tiene tu novio. Yo ni sé que voy a hacer mañana. Estás confundida.
Se irguió y en cuclillas me abrazó. Temblaba. Le dí un beso en el hombro y me paré al lado de la cama.
Iba terminando el turno en el hotel, comprobé mirando el reloj del celular. Empecé a vestirme. La miré por última vez, desnuda, cuando se levantó con el mismo objetivo. Me puse de espaldas otra vez, intentando no verla. Cerré los ojos. Era hermosa, cada vez más. Yo sabía que quería decir eso. Cerré mi corazón de golpe, con un seco portazo al sentimiento que nacía en sus propias narices.
Fui al baño, rápido, para darle intimidad. Cuando salí me daba la espalda. Lloraba quedamente.
Me quedé parado un segundo, asombrado. Me acerqué. Se dio vuelta y me abrazó. Empezó a llorar con ganas. Estaba llena de angustia, de miedo. Su corazón se debatía, pero no por mí. Otra vez, lo mismo, una mujer llora en mis brazos por otra persona. La consolé, pero internamente me endurecí más. Ya estaba adquiriendo un reflejo condicionado.
“Laura”, le dije, “dejá pasar un tiempo. Ahora no podés decidir nada, es evidente. Confundida no podés tomar decisiones. Vamos que te dejo en la casa de tus viejos.”
Asintió, se lavó la cara en el baño, no sin antes llorar un poco más frente al mismo espejo en el que yo me miraba confundido. Vaya uno a saber qué le dijo el espejo a ella.
Caminamos unas cuadras, en el silencio de la madrugada, tomados de la mano. Cada tanto, en la sombras, se detenía y me besaba. Sentía sus lágrimas a punto de salir otra vez.
En una avenida tomamos otro taxi, con el que la dejé en la casa paterna, en la que ya sólo venía de visitas. Y en la que, en pocas horas más, estaría con su novio, tomando el té y mintiéndole amor.
No fuí al casamiento. Me gané nuevas enemistades por eso. Patricia no me habló por un tiempo, enojada.
Laura pospuso el suyo, pero sigue de novia.
Yo me alejé de ella para siempre. Hice bien.

jueves

Ozono

Una noción repentina de imposibilidad se estanca dentro mío y me paraliza en la vereda, ignorando la tormenta en ciernes.
Cae una copiosa lluvia inmaterial.
Un trueno intenta asustarme y ponerme en movimiento, porque los rayos que purpuran la tarde no consiguen distraer mi atención.
Es ella, está allí. Y no me mira. O peor, me mira eventualmente sin verme. No hace ningún gesto. Ni de complicidad, vergüenza o remordimiento.
De repente soy nada. Ni siquiera un pavote bajo la lluvia, mirando cómo me ignora.
Su auto gris está estacionado a mi lado, contra el cordón. Baja apenas la cabeza, como tratando de no pisar el agua que se acumula en la cuneta, al pasar entre éste y mi alfeñiquez repentina. Abre la puerta del lado del acompañante, mira hacia la otra vereda un instante y se mete adentro. Sigo sus movimientos y después retomo la dirección de esa última mirada.
Veo salir
de la puerta de un supermercado a un hombre gigante, de unos tres metros de altura, cargado con bolsas y paquetes. Miro de nuevo la ventanilla del auto. Veo su imagen sesgada por el cristal y el ángulo agudo. Creo que me busca por el espejo retrovisor de la derecha, haciendo una finta repentina.
El monstruo llega con los víveres, abre la puerta izquierda detrás del conductor y arroja con displicencia los bultos. Dirige una mirada carente de interés hacía mí, una décima de segundo. "Un pavote bajo la lluvia", habrá pensado. Se derrumba sobre sí hasta achicar su tamaño ciclópeo al de un hombre de un metro noventa y tantos, compatible apenas con el habitáculo del auto, y sube también. Lo pone en marcha, mientras el "stop" hace un guiño y un humo blanco brota del escape.
Se dicen algo. Ella encoge los hombros.
Salen con velocidad hacia la esquina. Al llegar, vuelven a brillar las luces del freno. Desaparecen para siempre.
La tarde se puso negra de tormenta y de verdades aprendidas por primera vez.
Sigo seco, parado bajo una lluvia torrencial.


Aún hoy, después de veinte años, recuerdo el olor a ozono que me envolvía esa tarde.

sábado

Ricardo y el nene.

El siguiente es un ejercicio que hice con autorización de Cassandra Cross, quien escribió un relato conmovedor sobre una nena y sus rarezas, que me hizo recordar una historia de mi infancia. La bastardilla en el medio del relato es una adaptación del suyo al mío. Los invito a leer ambos.

Puede parecer que de chico fui un encanto de criatura, todo el día leyendo libros y escribiendo mis fantasías en cuanta hoja en blanco había a mano. Para nada.
Por determinadas razones que todavía hoy desconozco, mis padres veían esto preocupante, y sin tomar en serio mis protestas, me mandaban a jugar. Pero no en el patio, solo, donde continuaba con mis desvaríos.
-Afuera, te dije.
-¡Ufa!
Salía el ratón de su cueva, frotándose los ojos, y empezaban los problemas. Al no ser demasiado frecuentador de la pandilla de la cuadra, siempre estaba negociando mi posición en ella.
Nunca pude aceptar la autoridad sin rebuznar.
En esos escalafones infantiles siempre fui un líder abandónico. Comandaba la revolución, pero en cuanto tenía éxito y me sentía libre, la dejaba acéfala. Mis huestes, confundidas, volvían otra vez al yugo caprichoso del líder recién derrotado. Así, hasta la fecha.
En mi cuadra había un malevo, un bravucón. Se llamaba Ricardo. Todo lo arreglaba a las piñas, como buen hijo de policía. Era macizo, largo de brazos y bastante cruel. Me odiaba.
Si jugábamos al fútbol, yo no podía pretender ser delantero. Entendía mi lugar (aparte, no me enloquecían los deportes) y tomaba posición generalmente de defensor. Y él, que nunca me elegía, era siempre el delantero enemigo.
Mi diversión era sacarle la pelota como sea. Era una especie de duelo, y todos estaban atentos a él. Yo perdía casi siempre. Pero cuando ganaba, Ricardo hervía. Se ponía rojo, cerraba los puños y se encogía de hombros. Yo me desentendía (nunca me gustó pelear de manera voluntaria, me tenían que venir a buscar, pero a veces me gustaba dar motivos) dándole la espalda. Pero mi sonrisa, que el no podía ver realmente, lo ofendía como una burla contante y sonante.
-¡Uh, te tiene de hijo! -decía algún buey corneta, cuando el quite se repetía un par de veces.
No hacía falta más. Se me tiraba encima, y la pelea empezaba con todo. Si me agarraba desprevenido me dominaba, se ponía encima mío y me daba para que tenga, guarde y reparta. En los primeros años casi nunca le gané una pelea.
Un día hirió una torcaza con una honda. Tengo el recuerdo tan claro como si hubiera ocurrido ayer. El pájaro cayó desde una línea de tendido eléctrico, pesadamente. Corrí y casi llegué con él. Se lo quité de las manos. Jamás había tenido un ave en mis manos. El, con piadosa crueldad, intentó retorcerle la cabeza porque "no ves que le duele".
La llevé a casa, al garage. La paloma parecía un globo que se inflaba y se desinflaba sesenta veces por minuto, de tan agitada. Recordé que alguien me había dicho que esos bichos respiraban por el culo. Levanté la cola y soplé para ayudarla. Respiraba cada vez con más dificultad, y tal como si fuera un juguete que se queda sin cuerda, se detuvo entre estertores.
Estaba asustado. Sin ser un bichero, comprendí que esa muerte era algo sacrílego. Y dispuesto a compensar parte de esa profanación a la vida, cumplí con un mandato que intuía necesario.

Fui al cuadradito de tierra, el mismo que usábamos para jugar a las bolitas y al "opi". Escarbé la tierra con los dedos, un rato largo. Era una tierra dura y apisonada por las generaciones de Flechas y Fulvences que habían pasado antes bajo aquellos árboles. Hacer ese pozo me llevó un buen rato. Había olor a primavera en el aire lleno de casuarinas y un dejo a agua de lluvia en los últimos charcos de la calle de tierra, cerca del alambrado con enredaderas que separaba la casa del viejo loco -que no nos devolvía las pelotas- del resto del barrio.
Trabajé concentrado, enojado y terminé casi al borde de las lágrimas. Amontoné despacio una parva de agujetas de pino, algunos coquitos, una piedra pulida de color verde con estrías amarillas (tal vez era un resto de botella de vidrio. Quién sabe). Al fondo de todo, unas flores que crecían a la sombra de la enredadera, a modo de ofrenda.
El nido estaba listo, pero no me decidía a depositar al ave muerta, esperando un error o un milagro. Qué pelotudo es este Ricardo, pensaba con lágrimas de furia en los ojos. Al menos la cabeza no estaba rota, como la de la rata que habían aplastado contra la pared de un palazo la semana anterior. En realidad, parecía que estaba dormida, si no fuera por el cuello fláccido, torcido en un ángulo extraño y con un hilo oscuro de algo que colgaba del pico.
Sellé con tierra la tumba, la aplasté con mis propias Flechas, me limpié las manos en la ropa y volví a casa, bajo un sol absurdo y en medio de las risas burlonas del resto de los atorrantes. No me importaba. Ricardo me miraba sonriente.
"Ahí va el que habla solo" decían sus esbirros, que sin embargo nunca se habían animado a enfrentarme en una pelea a puño limpio por el derecho de uso al parche de cemento donde se jugaba mejor a las figus. Dependían de Ricardo para eso.
Yo, que hablaba solo y miraba las estrellas panza arriba bajo el cielo helado de invierno, el de anteojos y dientes torcidos; pensé mientras entraba a casa en el pajarito enterrado bajo las casuarinas, en los miles de zapatillas deshilachadas por venir pisando la tumba anónima. Y me indigné.
Saludé rápido a mi vieja, que me vió entrar y salir con asombro. En vez de irme al dormitorio a leer salí a la vereda enfurecido, dispuesto a hacer justicia.
Iba a increpar a Ricardo, a preguntarle que porqué, qué quién se creía. Caminé hacia él con tanta vehemencia que se asustó. Creo que vio algo en mis ojos, cosas que verían otras personas en situaciones similares a lo largo de mi vida.
En vez de encocorarse, se achicó. Llegué cerca de él y le atiné tal puñetazo en la cara, que se le llenaron los ojos de lágrimas enseguida. Intentó fugarse y lo agarré del cuello, mientras le pegaba. Los dos llorábamos. Al final, corrió a refugiarse a su casa.
La madre vino a quejarse con la mía. Me retó -siempre que volvía a casa después de una pelea lo hacía- y dijo "ya vas a ver cuando venga tu padre".
Mi viejo se reía, se sentía feliz. El nene había sacudido al malandra del barrio.
El nene, leyendo en su habitación, era muy infeliz.

domingo

Leña del árbol caído.

Un día me desperté en una cama de hospital. Débil, pero indudablemente vivo. Venía a los tumbos, cayendo como un árbol gigante que lo hace lenta pero inevitablemente después de ser talado.
Ser un árbol grande y fuerte provoca cierta malicia. La tentación de tumbarlo es grande. Se lo puede acusar de que sus raíces profundas y su copa frondosa limitan el crecimiento de los demás pobres arbolitos. Y hay mucha gente que prefiere los bosques uniformes, porque ellos mismos son arbolitos enclenques.
Y están los que se ensañan con lo que creen indestructible. Y no lo es.
Mis leñadores eran gente buena y llena de sentimientos. Me regalaron una epifanía.
Hay muchas formas de tener revelaciones. Se las puede tener por discusiones, descubrimientos repentinos, introspecciones, desengaños.
Todo eso en una cama de hospital, después de haberte desangrado en una habitación de un hotel de mala muerte por clavarte un filo en la muñeca, ése fue el regalo.
¿Porqué morirse? En mi caso, porque no sabía como hacer para apagar mi cabeza.
Agotarse de pensar, para un palurdo como yo que tiene que descubrir la pólvora cada vez que la necesita, es la condena de Prometeo.
Aún no sé apagar el cerebro por mí mismo. Pero en algún lugar de este mundo, hay quien tiene esa facultad. Lo sé.

miércoles

Hoguera de vanidades

Érase dos amigos, pero no de esos que se ven a menudo entre los preadolescentes (teen-agers me suena mal, perdón. Y púberes, más).
No eran del mismo club de fútbol. Uno era de clase media alta, el otro de clase media baja. Uno era morocho con ganas y el otro un rubito desganado. Uno, hábil para los objetos; el otro para las palabras. Uno jugaba muy bien al tenis (y era bueno en todos los deportes), el otro se la rebuscaba al fútbol (y era de regular a malo en los otros deportes).
Uno leia a Tolkien, el otro a Asimov.
Solían competir constantemente, y en algunas cosas las diferencias eran abismales (uno ganaba por escándalo al ping pong y el otro al ajedrez). Pendulaban. Uno sacaba ventaja un poco, pero quedaba atrás muy facilmente, después de que el otro tomara envión.
A veces se invertían los roles: el menos preparado terminaba siendo el maestro del otro al cabo de un tiempo.
Se divertían, se provocaban, se estimulaban.
Llegado cierto momento: uno sirvió de chaperón e introdujo al mundo de las mujeres al otro, sólo para descubrir que al poco tiempo se convertía en un monstruoso Don Juan, antes tímido Romeo.
Uno le dio al otro las cosas de la tierra, el otro las de la mente.
Fueron la tierra y el trigo. El rayo y el trueno. Agua y fuego.
Se hicieron grandes, y continuaron creciendo, en planos complementarios a veces, o potenciándose al máximo cuando había consonancia.
Pronto quedó claro que uno era un mujeriego solitario y el otro un solitario mujeriego. Uno podía esquivar ocho novias en una sola tarde, el otro juntar ocho ex novias en la misma mesa de un bar.
Las mujeres veían en los dos toda la oferta posible. Elegían y no había crisis. Y ellos en el fondo eran tan distintos, que nunca se cruzaron (simultaneamente) en una misma mujer.
Uno era defensor a ultranza del status quo ("no meterle bulla al pescado" era una de sus frases), el otro un incendiario de naves ("me nefrega" era la suya). Uno desarrolló un sentido de la moral bastante acabado, pero se desviaba. El otro no tenía la menor noción de una moral tradicional, pero era fiel a sí mismo.
En un punto, uno llegó a leer a Hesse y quererlo; y el otro a sacar violentamente contra la pared cuando jugaban al paddle (quien haya jugado, sabe qué es).
Se hicieron hombres. Inexplicablemente, las diferencias no causaban problemas.
Uno terminó laboralmente como empleado del otro, pero era casi su jefe en los hechos.
Un día cometieron dos errores: se enamoraron. Y de dos mujeres acordes a sus diferencias. Una, rubia angelical. La otra, morocha terrenal.
La vida tiene infinitos recursos para separar a dos personas que se afanan por permanecer juntas a pesar de todo. Y los terceros son el arma predilecta.
Pronto, ellas sublimaron la furia de no entender esa amistad odiándose a muerte, aunque habían sido muy amigas. Tenían su propio torneo privado, y disputaban esa guerra con juegos mentales cada vez menos sutiles.
La masa crítica no tardó en aparecer, y el conflicto apareció por fin, devastador y definitivo, entre ellos.
Uno se dejó llevar por las calumnias, el otro se equivocó siempre que pudo. Uno, fiel a su estilo pragmático y seguro, fue artero en la cuchillada. El otro, nervio y corazón, rápido para odiar.
A veces se cruzan en una localidad veraniega de las sierras, donde empezó su historia. Se miran de lejos, y se ignoran de cerca.
Uno fue mi amigo, mi hermano, mi alter ego. El otro era yo:
El que era de clase media baja. El rubito desganado. Hábil para las palabras. Que amaba el fútbol. Que leía a Asimov. Ganaba al ajedrez con facilidad. Fui maestro y aprendiz. Fui su chaperón. Quien recibía las cosas de la tierra de sus manos generosas. Yo era el trigo, el trueno, el fuego. Yo era el solitario mujeriego que terminaba juntando ocho ex novias en un bar. Yo: incendiaba las naves, no tenía noción de la moral, y era fiel a mí mismo.
Aprendí a compensar mi falta de aptitud general en los deportes con sucias estrategias, como sacar con efecto contra la pared, darle con top spin, mirar para un lado y amagar para otro.
Yo fuí su empleado de confianza, capaz de ignorarlo y contradecirlo, y recibir las gracias por hacerlo.
Yo elegí a la morocha: la más difícil de conquistar, y más dificil todavía de retener. Y me presté a todos sus juegos.
Recibí una cuchillada merecida y fuí muy rápido para odiar, porque soy nervio y corazón.
Él es el que hizo algún intento por acercarse.
Yo, el que se aleja inexorablemente.

El Turco y nuestra Eugenia

Estamos con el Turco en nuestra ceremonia semanal del escabio y el hacer nada.
Tenemos una extraña pasión por eso. En los boliches somos los que tienen el codo atuercado a la barra o a cualquier otra superficie horizontal que sirva de tal.
Si vamos a alguna soirée al aire libre parece que estamos oteando las estrellas o las nubes. Podríamos oír crecer el pasto, si nos dejaran.
Yo soy el encargado de romper el silencio. Él, de restaurarlo. A veces una risa corta estalla con un comentario gracioso.
Generalmente, cerveza en verano y vino tinto en invierno. Pero más de madrugada puede ser whisky, fernet o daiquiris.
Tiene, el Cotur, una extraña manía:
Se juntimonia tan fácil como yo me asusto o me alejo de una dama.
No lo entiendo y él no me entiende. Hemos dedicado algunas noches a develar porqué el no concibe la pareja sin convivir. Y nunca le encontramos la vuelta. O yo, por lo menos.
Tenía tres ex esposas. Todas ahí, en un mundito a su alrededor al que no le prestaba demasiada atención. Ni hablar de las otras, las que no tuvieron rango civil oficial. Esas eran legión.
Me las encontraba por las calles, a veces un año después. Me preguntaban por él, y yo no sabía qué decirles. No era raro que en ese lapso el tipo se hubiera juntado dos veces (ya no se casaba al final, no era tan delirante).
No podía creer la facilidad que tenía para encontrar mujeres dispuestas a revistar en ese ejército de novias cadáver, previo paso de inquilinas por su vivienda, llena también de fantasmas ignorados.
Pero yo sospechaba que a mi amigo le pasaba algo oculto y aterrador: se enamoraba de verdad cada vez. Y sufría mucho haberse equivocado antes.
Terminaba sus parejas con un nuevo amor. Venía el desengaño, el desgaste, y nuestras reuniones pasaban automáticamente de dos horas a ser de cinco horas al hilo. Ya no tenía apuro por volver a casa.
En alguna ocasión, alguno de los dos olfateaba algo, pedía permiso y se iba a ver cómo le iba con alguna mujer.
Esa noche noté que estábamos particularmente mudos. Una morocha pulsuda me estaba haciendo monigotadas desde otra mesa. O era yo el de las monigotadas y ella la de la sonrisa, no recuerdo, pero es más probable. Lo cierto que en un momento le digo sotovoce al turco que tenía caza a la vista. “Si”, me dijo, “ya la vi”.
La morocha había sido tema de conversación en otras oportunidades. Según mi poco eficiente sistema de levante, no podía interpelarla sin ceremonia. Y mi fuerte es la conversación, no hacer pesas. Así que estaba hace tiempo como un mono tití haciéndole gestos. “Te vi, que linda estás” y otras sutilezas.
El Turco estaba inflado, me dí cuenta. Estaba molesto, porque lo mío era bastante patético a su modo de ver y no tenía más asidero que mi propia falta de valor.
Así que se levanto, tomó el último sorbo que quedaba del vaso (debí haber sospechado ahí) con clericó y salió para la mesa del morochón.
Habló algo, señalo nuestra mesa y se sentó afanando otra silla de la mesa de al lado con arte de prestidigitador.
Las amigas de la dama se hicieron prudentemente las otarias y conversaron animadamente mirando para otro lado, dándoles algo de intimidad (en realidad esa postura favorece que el pabellón auditivo capte mejor una conversación mientras te hacés bien el sota, claro, pero queda bien).
Un rato después empecé a olérmela. Las amigas miraban furtivamente al salame que se quedó solo con la cara cada vez más encementada. Y sonreían. Ya tenían la primicia, vía pabellón auditivo: el Turco se estaba parlando al morochón. Y la pérfida le respondía.
Mi orgullo es así de chiquito, pero indestructible. Así que puse cara de póker, me dí vuelta, prendí un faso y me dedique a contar las cagadas de mosca en el fluorescente que estaba encima mio.
Un buen rato después busqué la campera en el guardarropa (le dejé la cuenta al atorrante) y me fui pateando piedritas por la calle.
Yo sabía qué iba a pasar. Me hice toda la película, lo juro. Pero no me dí crédito.
Veamos:

Pasaron los días y me llamó el Cotur: “¿Che, vamos a Perpignat?”. “Vamos”, le dije.
Esa noche tomamos daiquiris. Me prestó su moto y llevé a la bonita moza a dar una vuelta, porque ella me pidió (en estado neutral, yo era el más simpático).
Y dejé al Turco a pata.
Al otro día fui a su casa a devolverle la moto. Me recibió taciturno, algo incómodo, pero me hizo pasar. Me dí cuenta porqué. Estaba ya ubicada la morocha, que a la sazón se llamaba Eugenia.
Yo, otra vez con cara de póker. Tomamos una cerveza –era domingo y en el catálogo de nuestra amistad beber demasiado un domingo no era correcto- y me fui.
Pasaron los meses, por cuestiones personales no tuvimos mucho contacto. Yo estuve afuera y medio perdido. Y evitando cruzarme con Eugenia, porque a pesar de no darme crédito, desconfiaba de mi mismo.
Llamo a la casa del Turco, me atiende Eugenia. “No está, salió”. “Bueno, decile que voy a estar en “Perpignat”, que se dé una vuelta tipo diez”.
Grande fue mi sorpresa al verla llegar a ella. Estaba para el infarto.
“Andamos mal, creo que sale con otra. Hace dos días no sé de él”, me dijo como para empezar. Yo seguía con cara de póker. Ya era un rictus medio acalambrado.
“Mirá, casualmente no sé nada de él hace tiempo”.
“Te evita, pensé que habían discutido”, me dijo.
Me quedé bastante desconcertado, parpadeando, fallando en el cometido de mantener la cara de piedra.
“¿Porqué viniste? Yo no tengo idea de dónde puede estar. El Turco en muchas cosas es un enigma para mí”. No le iba a decir que seguro estaba en la casa de la vieja, esperando que ella se diera por vencida y se fuera. Y que casi seguro ya salía con otra.
“Bueno, no importa. Vine para entregarte las llaves. Me vuelvo a Mendoza el lunes”.
Ya me dolía la cara de tanta inexpresión.
“¿No me vas a invitar nada? Bueno”. Dirigiéndose a mi eventual compañera de moto y más efímera compañera de cama, “¿No me traés una piña colada con whisky?”.
Bueno, decidí que si seguía practicando de estatua algo me iba a joder, así que cambié la cara. Y me relajé.
Me recosté sobre el sillón, la mire por encima del whisky. Era una de las mujeres mas lindas que había visto. Luminosa, celestial y terrena, supuse que tendría unos treinta. Ella me miró, acusó la atención que le puse, sonrió como una estrella de cine y me dijo:
“¿Porqué no me viniste a ver esa noche vos? El Turco me dijo que los dos estaban mirándome y que como vos eras demasiado lanzado, él había salido primero para evitar que me incomodases”.
“Qué turro”, pensé yo. Era buena esa.
“¿Y yo tenía chances? Mirá que en realidad soy más bobo de lo que aparento…”

Bueno, se cumplió mi maldita predicción. Pero ni al Turco ni a mí nos hizo puta gracia. El cuento del escorpión y el sapo, y todo eso.
Un día me anunció que se iba a España. Yo ya vivía en el interior.
Internet era una curiosidad y un lujo tecnológico aún en la propia Capital Federal.
“Conocí a una gallega en el ICQ. Me voy para allá”.
Internet llegó a mi escritorio unos años después. Intente encontrarlo, pero nunca estaba en línea.
Aún tengo el Miranda IM, en el que guardé su contacto, solo para verlo aparecer algún día.
A Eugenia la vi hace seis meses. También conoció a un gallego, por el MSN, y el tipo se quiere venir un tiempo. Con el tipo de cambio, se puede quedar un año, si quiere.
Ah… Extraño aquellas épocas…

domingo

La lengua de Jesús

Revisando papeles viejos encuentro una agenda de hace quince años. Voy derecho al directorio telefónico. Entre otras caras del pasado, leo un escueto “Sergio de Morón (Motorhead)”, y un recuerdo me atropella:


Correr con toda el alma cuando todavía resuena el retuntún de Overkill en tus oídos, es algo irreal, pero viene al caso. Tiene el ritmo, por lo menos.
Uno quisiera separar las experiencias, sentarse un rato a la salida del recital de Motörhead, degustar ese vibrar del pecho con el doble bombo de la batería y el pizzicato de Lemmy, y dejar la parte atlética para otro momento, pero otras urgencias nos reclaman.
- ¡Corré boludo, que la yuta viene levantado a todos!, -alguien me grita.
Uno quisiera pensar “para qué correr, si no hice nada, que corran los chorros”, pero demostrando cuán mamífero soy en el fondo, corro sin pensar en cuanto aparecen los depredadores. Corremos, unos cincuenta héroes del metal (camperas de cuero, pelos largos, tachas por todos lados) y yo (campera y pantalón de jean y una remera que me hizo un amigo con la tapa de un disco de Pappo’s Blues) por una calle perpendicular a la avenida Libertador, huyendo del peligro.
Me asalta una duda: “¿Habrá alguna emboscada al final de esta calle?”. Parece tan tranquila, sólo perturbada por el repiqueteo de los borceguíes –héroes del metal y policías tiene el mismo gusto por el calzado, parece-.
Durante siglos los predadores han perfeccionado sus técnicas. Aprovechan esa necesidad atávica de presa de correr cuando la manada corre para llevarte adonde seas más fácil de cazar. “¿Y si en la esquina están escondidos, listos para meternos a todos adentro?”, pienso en un momento de lucidez. No vi los camiones celulares de la policía a la salida del Estadio Obras, sólo la simpática Policía Montada (“¡Mirá, boludo, los burros andan a caballo ahora!”), y la de Antimotines, arreándonos.
- ¡Paren, boludos, paren, que nos están esperando!.
Unos ocho o diez me escuchan y me hacen caso. Uno de pelo corto, arito en la oreja y la infaltable campera de cuero mira hacia la esquina de Libertador –donde empezó nuestra carrera- y confirma que efectivamente nadie nos sigue.
- Se quedaron ahí, los hijos de puta, dice entre resoplidos.

Los demás siguen su carrera loca hacia la otra esquina. Quedan otros dos rezagados: Un gordito petiso todo tatuado y un flaco alto que corre con un ademán gracioso -después sabremos que está rengo de una trifulca anterior-.
- Paren, que están también en la otra esquina, es al pedo correr, -les decimos. Ambos se detienen, recelosos aún.
El petiso es un tatuador, que conozco porque es cliente habitual del negocio en el que trabajo. Extraña coincidencia, todos se conocen de algún lado.
El Flaco toma la iniciativa. Tampoco está vestido como los demás:
- Nos quedemos quietos ahí, en ese jardín. Estos llenan los celulares y se las toman.
Le hacemos caso y nos escondemos como podemos entre las sombras, en silencio.
Se escuchan voces imperiosas y golpes secos, seguidos de algún grito de dolor. Una letanía patética, un llanto persistente se escucha sordamente, de fondo. Adivino que son las chicas que corrían adelante. A un par las conocía de vista, de Halley.
Pasados veinte minutos o más, oímos todos lo mismo: el pseudo silencio de la ciudad. Los autos de la avenida, algún grito lejano (en otras calles hicieron el mismo juego y todavía dura la cacería).
Vemos pasar patrullas por la avenida: son las que andan buscando a los ingenuos que vuelven a la escena del crimen. Cinco minutos más y voy de voluntario hasta la esquina de la calle paralela a Libertador, como unidad de reconocimiento avanzada. El corazón me explota en el pecho -estoy muerto de miedo- pero no puedo hacer el gallina delante de la monada. De hecho, me siento bastante mal por las chicas. Un barrito de culpa que no sé como explicar.
Miro con cautela hacia donde creo que están los ratis y veo la calle despejada. Hago señas y salen todos.
Resultamos ser unos ocho. Nos presentamos. Los que nos conocemos hacemos comentarios graciosos. El Flaco es terrible:
- Como corrías, boludo, con esos tacos que tenés y las lanas al viento parecías un travesti fugando por Godoy Cruz. Si te viera Lemmy…, -sabiendo que no sirve de nada ofenderse, el aludido se ríe (mientras lo hace decide –seguro- que esta noche será la ultima vez que se ponga esas botas ridículas con tacos).
- A las minas se las llevaron también, que hijos de puta, -suelta el que parece ser el más chico del grupo, pinta de ramonero (unos quince años, aunque esa malicia callejera que se le adivina en las pupilas lo desmienta).
Seguimos juntos esa noche. Encontramos donde comprar cervezas y nos gastamos hasta la última moneda. Hablamos del recital, del que también participó Exodus, otras de nuestras bandas favoritas. Pero también de otras bandas, recitales y discos.
No, no matamos a nadie, ni hicimos ningún aquelarre siniestro, ni rompimos nada. Sólo nos quedamos sentados criticando a Metallica, que ya había sacado el álbum negro y añorando los días Master of Puppets. Si, hace quince años.
Después descubrimos que algunos éramos de San Martín y aledaños, y otros de Morón y aledaños. Llegó la hora de separarnos. Quedamos en juntarnos para el próximo recital del veranito menemista: Megadeth.
Anote en el reverso de la entrada el teléfono de un tal Sergio, para coordinar la juntada. Al otro día la pasé a la agenda, puse “Sergio de Morón (Motorhead)” y un número de teléfono.
Nunca lo llamé. El recital se canceló, porque el colorado Mustaine entró otra vez en “rehab”. Nos dieron a cambio entradas para Pappo y los Widowmakers.
Al recital de Pappo me lo perdí. No me dejaron salir del hospital.
Pero esa es otra historia.

Esta modesta historia se escribió un 16 de septiembre, y está dedicada a los caídos por cometer el pecado de ser jóvenes. Entre ellos están los chicos de la Noche de los Lápices, Walter Bulacios, y obviamente, también los ciento noventa y cuatro (cómo cuesta escribir esta cifra) de Cromañon.

sábado

Viaje al fin de la noche I

Año del Señor (¿del Mal?) 1992.
Las calles de Buenos Aires son el living de mi casa, la cocina y el patio. Por poco no son también el dormitorio (¿no lo fueron alguna vez? Bueno, no puedo recordar muchos detalles).
Mi vida incendiaria. Quemar las naves. Quemar familia, amigos, amor, trabajo, más o menos todo junto. Todo. Partes de mí también, incluídas.
El calor del fuego me embriaga, al principio. Me siento realmente bien. ¿Que puede ser peor que estos pedazos de vida amarga y perdida, ardiendo?
Del incendio surgen voces, algunas voces inocentes. Son puñales esas voces. Dagas. Se clavan una y otra vez sobre el pecho, hasta las vísceras, provocando el dolor más fuerte que Dios puso sobre esta tierra. El que Él reservó para Caín, para Job o la madre María.
Evadir las voces. Endurecer el corazón hasta donde Caín no llegó.
Una sola, larga ruta negra y desolada, comenzó aquella noche en que vacié mi vida en una banquina solitaria, la rocié de querosén, acerqué un fosforito y la sacrifiqué al altar de la esperanza. Vacío como estaba, el futuro era ese camino a ninguna parte, cuyo único objeto de existencia era ser recorrido.
Como buen descendiente de emigrantes, tenía una fé ciega en el mañana. ¿Qué mañana? No sé, mañana lo pienso y te digo. Tengo la sangre, pero no el espíritu.
Entonces, viajé al fin de la noche. Mi chofer se llamaba Destino y su apellido era Maldito. Todas sus paradas intermedias no hacían más que marcar un derrotero irregular hacia un enorme precipicio, un Seol. Confiar en él era para imbéciles o desesperados. Yo, peor, lo llamaba mi amigo.
Después de un tiempo vagando y perviviendo, dejé de manifestar voluntad consciente. Cada oportunidad de acabar el viaje, de apagar el incendio, la miré con mayor desdén y apatía.
Y un día, cansado, me morí.